Miércoles, 25 julio 2012

ESA OTRA FORMA DE MIRAR TURQUÍA

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Moisés Cayetano Rosado

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Quizá debería decir Estambul, pues allí es donde he visto -en mi viaje a Turquía- esas mujeres de negro, tapadas hasta el infinito, condescendiendo en lo necesario para poder andar sin ser guiadas como un ciego.

Porque esas otras que vemos en la extensa Anatolia, o en los campos fértiles de la costa del Egeo y del Mediterráneo, con sus pañuelos multicolores a la cabeza, no difieren de las que encontramos aún en tantos pueblos de Extremadura, Andalucía, Castilla… Alentejo, Tras-os-Montes, Minho… O en Sicilia o Atenas, cualquier lugar de Rumanía, Polonia… los países del sur y este europeo.

También el pañuelo en la cabeza lo vi frecuentemente en los países andinos, suponiendo a veces un aire de coquetería. E incluso constituyen en unas ocasiones un instrumento conveniente en el trabajo y otras son atractivo de fiesta, como pueda ser un sombrero, o una gorra de la que usan los jóvenes, colocada de forma estrafalaria.

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Pero, ¿cómo sentirán la belleza de Estambul, donde acabo de pasar unos días inolvidables, contemplando la hermosura geométrica de sus mezquitas, la belleza multicolor de sus bazares, el resplandor de sus plazas y jardines, esa gama cambiante del Cuerno de Oro y el Bósforo…, cómo la verán desde sus negros velos que ni siquiera para comer ladean? Entran por debajo de los mismos la comida, el vaso de bebida y nada queda al descubierto. Hacen fotos con cámaras lujosas las turistas ricas llegadas de Arabia Saudí, de Kuwait, de los distintos países del petróleo: son las que van más “escondidas”; llevan bolsos de marca; se hospedan en hoteles de cuatro y cinco estrellas, pero son como sombras en medio de tanto brillo, tanta luz, tanto color.

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Pasean por el Puente de Galata, que une las dos zonas más monumentales de esta gigantesca metrópolis de 15 millones de habitantes; se sientan en las escaleras y patios de sus más de 2.500 mezquitas de elegantes y finos alminares; compran frutas, especias, verduras y helados como chicles en los incontables mercados; deambulan por los jardines del Palacio de Topkapi, y llenan la zona del Hipódromo -entre la Iglesia-Museo de Santa Sofía y la gigantesca mezquita de Sultanahmet-, bajando al Mar de Mármara, donde innumerables familias asan pescado y pollos en los prados  cercanos al extenso malecón: es el arco más frecuentado por propios y turistas de la enorme ciudad, en su lado europeo. Y chocan, siguen chocando sus figuras de sombras en medio del estallido de luz y de color.

A veces, nos viene un revuelo de brillos y sonrisas, como el de esas escolares que vi en Santa Sofía, acompañadas por sus maestras, recorriendo las naves de esta iglesia-mezquita-museo que hunde sus inicios en el año 360 y supuso un revulsivo constructivo que imitarían después -fundamentalmente desde el siglo XVI- todas las mezquitas del país: gigantesca cúpula central sostenida como en el aire por enormes pilares con pechinas y semicúpulas laterales, que se prolongan en otras cúpulas menores en una especie de “derrame” circular, delimitado por los airosos alminares que llaman cada día cinco veces a la oración, con sobrecogedora armonía. Las chicas lucen con desenfado sus pañuelos… que en algunas, tal vez muchas, se transformará en prisión oscura con el tiempo.

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Y allí también las mujeres de negro, de tinieblas, de ojos -eso sí- frecuentemente muy pintados y de enorme belleza: lo único que en su figura se puede entrever. ¿Cómo sentirán -me vuelvo a preguntar- a este increíble tesoro artístico que es el bullicioso, vitalista Estambul, y cómo esa riqueza y capricho de la naturaleza en Capadocia, con su erosión diferencial que nos presenta paisajes de ensueño y formas increíbles, o los vestigios artísticos que los antiguos griegos y romanos dejaron a lo largo de la costa del Egeo en forma de acrópolis, templos, teatros, palacios, termas, maravillosas esculturas, mosaicos y pinturas?

Ni en la aduana del aeropuerto internacional quería una joven musulmana descubrir su rostro para identificarse, teniendo que hacerlo finalmente -ante la amenaza policial de quedarla “en tierra”- en un rincón, furtivamente, delante de una policía y estando presente su enfadado marido, incomodado por la “humillación”.

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A la memoria me viene la frase del poeta mexicano Francisco de Icaza recogida en una placa de la Alhambra de Granada: “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Ciego, ciega en Estambul, donde hay que respirar, oler, ver, acariciar su portentosa belleza con todos los sentidos y con el cuerpo libre de ataduras, sin la ceguera siempre vigilante del envoltorio negro, que parece negar el propio atractivo de la vida.


moisescayetanorosado.blogspot.com

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