Lunes, 27 agosto 2012
Pasos y paisajes

LOREDO

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Salvador Calvo Muñoz

[Img #21016]

 No Laredo, Loredo; no confundamos. Salimos, carretera de Bilbao, y entramos en Solares; a la izquierda, tierras de Parayas, Peña Cabarga, La Marina de Cudello. Prados verdes, bosques oscuros, cercados, setos, bultos de pastos envueltos  en brillantes lonas negras. Vaquerías impenitentes y el consiguiente hedor de las infames vacas. Cuecen habas por doquier. Una auténtica lástima.

            Pueblitos, más bien conjuntos dispersos de casas, huertos, prados. Nombres cántabros de toponimia misteriosa y remoto origen. Omoño, Guemes, Galizano, Suesa, Langre. Otros, casi conocidos: Ajo, Villaverde de Pontones, ¡Pontones! Como el río que pasa por Arroyo de la Luz. A la postre, letreros, calles, viejas iglesias de adustas espadañas. A veces, entre las verjas, unas paredes de piedras oscuras, añosas, que denotan propiedad con solera y raigambre.

            Loredo, calles amplias, chalets nuevos, el mundo de la costa, de los veraneantes y al fin, la larga playa, que mira allá donde la Bahía deja de serlo para devenir la mar inmensa. En Loredo, en el sosiego de la propiedad de nuestros amigos, sesteamos el almuerzo mecidos por el son inefable de las olas marinas. “Padre, ¿por qué me trajiste a la ciudad?”, recordamos los versos de aquel marinero en tierra cuando miramos la inconmensurable belleza de la playa, los barquitos de los atuneros que regresan, Mouro, La Magdalena, el Sardinero.

            Cuando, del verano, no quedan más que los días del dulce septiembre, uno se quedaría aquí sentado, en Loredo, para mirar el azul, o el gris, de la infinitud bellísima de la mar cántabra; pero…”Padre ¿por qué me alejaste del mar?”. 

 

SCM.

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