Sábado, 1 septiembre 2012

JUÁREZ

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Victoria Pelayo

 La noche que desapareció, las luces de la víspera surgieron de nuevo en mitad de la nada, como si un animal dormido hubiese abierto los ojos de repente, y, como el peor de los presagios, sucedió poco después de que todos los viajeros hubieran bajado del autocar. El corazón empezó a latir a mil por hora, sabía que las casualidades no existen, además hoy, el chofer, con la vista fija en la carretera, no la ha mirado ni una sola vez por el retrovisor conduciendo indiferente a la persecución a la que están siendo sometidos. En el exterior, excepto los faros como ojos de animal, todo es negrura. De pronto un frenazo la impulsa con brusquedad contra el asiento delantero. Se golpea la cabeza y todo sucede muy deprisa, el conductor, que ha saltado fuera, habla a gritos, al parecer con alguien que le recrimina o le empuja o amenaza, no está segura, porque el golpe la ha dejado aturdida, no reacciona cuando dos hombres entran en el vehículo, tampoco cuando un calor húmedo comienza a extenderse lento por los pantalones, las risotadas de los hombres estallan contra las paredes metálicas del autobús, no siente dolor alguno al ser arrastrada entre los asientos, ni cuando la cabeza rebota contra los escalones de la entrada, sólo vergüenza al descubrir que el repentino calor que la empapa  proviene de su cuerpo, descontrolado ya, provocando las carcajadas de sus asesinos.

 

Victoria Pelayo Rapado.

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1 Comentario
carmen
Fecha: Domingo, 2 septiembre 2012 a las 11:03
siempre es un placer leerte
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