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María Penís
Domingo, 2 septiembre 2012

SAN AGUSTIN NOSTÁLGICO - 1ª parte -

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Foto cedida por Joaqui Rodríguez

San Agustín nostálgico ( 1ª parte )

Por aquellos días aún no lo sabía pero, lo que me estaba pasando era, ni más ni menos que un severo ataque de nostalgia. Acababa de llegar a Badajoz y sentía que los dobles de mis paisanos de Alburquerque se paseaban por las calles de esta ciudad. Pero ni eso borraba el zarpazo de las congojas. Badajoz no tenía la luz de mi pueblo, ni el perfume de sus calles, ni esa sorda algarabía de ruidos y sonidos que teníamos a poco más de cuarenta kilómetros de aquí. Estaba acongojada por todavía no sabía qué, a pesar de que la calle en la que recalé con mi familia aún conservaba –como casi todo el casco antiguo- un dulce sabor a pueblo. José Lanot Moreno, (familiarmente calle San Agustín) pegadita mi nueva casa a una plaza, yo diría que plazuela, muy pequeña y no especialmente bonita. Sólo la iglesia y sus escaleras parecía darle prestigio, sin embargo, había algo en aquel espacio que mis sentidos lo reconvertían en el dulce y añorado sabor que mi pueblo había dejado en mis más íntimos recuerdos…

En aquel tiempo la plaza no era una cárcel rodeada de forjas, estaba libre cómo el viento, sin puertas ni candado, y en las tardes de verano, el poyo, largo e incómodamente acalorado por toda una mañana de sol, se llenaba de gente de todas las edades: María la de los Ayala, mi añorada Candy la Civila, –que después llegaríamos a ser de familia muy, muy allegada; Carmela la de Antonio; nuestra amada Señora Lole –que también llegaríamos a emparentar-, Lorenzo…y tantos y tantos otros que ya no vivirán más que en nuestras memorias…

Muy especialmente se llenaba de niños y gente joven. Era un punto de reunión adolescente; en aquellos lejanísimos días yo aún casi ni llegaba a eso pero los miraba con envidia. Tendrían diecisiete, dieciocho…o quizá incluso menos; y quedaban allí, en una plaza que aparte de unas preciosas escaleras y un poyo largo, poca cosa más tenía.

La verdad: tampoco tardé demasiado en sentarme en aquel posadero a esperar impaciente mirando el reloj a que el hijo de la Civila saliese de su privilegiada casa del numero uno, y tampoco tardé en enterarme de que aquel barullo de chicos se debía a un club social que la iglesia tenía a la vuelta de la esquina; y como el tiempo es inexorable, tampoco dejaron de crecer aquellos niños que cuatro días atrás gritaban como locos jugando entre los coches que casi metían los morros en las rodillas de la gente que se sentaban en el poyopared mientras, en un suspiro yo me sacudía la nostalgia de mis primeros días en la capital, y sucedió que a esas alturas mi curiosidad por la plaza se fue diluyendo con el mismo entusiasmo que empecé a mirar el reloj de mi muñeca mientras esperaba al único inquilino del número uno que realmente me interesaba…

Y aquellos muchachinos que yo casi ni miraba, y entre los que se encontraba la mocosa mosca cojonera de mi hermana, y la mocosa mosca cojonera de la otra hija de la Civila, nuestra añorada Sara, crecieron de un día para otro; y fueron relevo de aquellos muchachos que envidié cuando llegué a Badajoz envuelta en un halo de congojas, y se hicieron dueños del club, y crecieron mientras subían y bajaban unas estrechas escaleras centenarias y medio desgastadas, seguramente henchidas por mil batallas físicas y un millón humanas…muchos se enamoraron entre la vetustez de unas paredes históricas, en la intimidad de la música y risas  de lo que llegó a ser su otro hogar. Allí, entre el fresco de la historia tejían los veranos; allí pasaban cálidos y rápidos los inviernos, y allí se fueron haciendo grandes y la vida los fue aprisionando en sus idas y venidas, y dejaron muy atrás la niñez y las promesas de ser amigos inseparables para siempre.

Los devoró la vida, los sueños, los anhelos, los estudios y después… el trabajo y la distancia. La realidad se impuso y aquel diminuto universo pintado de viejas esencias comenzó a desmoronarse probablemente antes o sólo un poco después de cruzar la barrera de los veinte años. Y un lejano día, cerraron sus puertas y entregaron las llaves al cura de turno, hasta que más de treinta años después, una de aquellas niñas del club, quizá en una noche nostálgicamente insomne, decidió volver y plantearle al nuevo cura que ella y su marido se prestaban a limpiar y preparar aquel espacio comido por la soledad de más de tres décadas.

Son Maria José y Patric. Han hecho de albañiles, basureros, electricistas y, además de haber trabajado duramente, le han robado tiempo al tiempo para buscar números de teléfonos, contactos, facebook…y ganar la hermosa batalla de la nostalgia.

María José pretende volver a poner en valor el club, ya para otra gente pero, la inauguración correrá a cargo de sus antiguos y últimos dueños. (Prometo que será ella la que nos describa en otro post el batiburrillo de sentimientos que se le vinieron encima cuando venció la herrumbre de una cerradura que llevaba décadas sin girar).

A estas alturas del articulo puedo dar fe de que vendrán niñosadultos desde Madrid, desde pueblos de alrededores y, desde muchos rincones de Badajoz…probablemente vendrán con hijos ya crecidos y serán muchos los que vuelvan a verse después de que la inocencia de temprana edad les hiciera creer que sus vidas siempre irían parejas…aunque en el fondo, muy convencidos de ello tampoco estarían cuando hace mil años, sentados en las escaleras de San Agustín se prometieron que si la vida los separaba, volverían a encontrarse fuese cómo fuese, en un entonces lejanísimo dos mil; y para darle oficialidad a la promesa firmaron en un trozo de papel que seguramente ya mucho de ellos ni recordarán, ni conservarán. Por fin, aunque con más de doce años de retraso, van a cumplir lo prometido.

Con la disculpa de escribir algo sobre esto y hacer unas fotos desde las privilegiadas vistas que ofrecen los tejados de la antigua iglesia, hace unos días fui testigo de una primera toma de contacto. Me invadió un ataque de emoción que confieso me costó controlar Dios y ayuda cuando aquellos mocosos – algunos ya con menos pelo y algo más de cintura- se abrazaron después de tanto tiempo dejando vagar la mirada con añoranza por aquel espacio que Patric y Maria José habían remozado. Yo misma acaricié las paredes que en mi adolescencia, cuando iba a buscar a mi hermana, había recostado mi espalda mientras pacientemente la esperaba.

Pero la vida, que es caprichosa y a veces se torna en puta y mala, no ha permitido que estén todos. Tres nombres que ese día se llenaran en la nostalgia de sus labios mientras beben, bailan y recuerdan, brillaran con luz propia en unas fotos colgadas en la pared: recordado Matías, que no llegaste a cumplir los veinte. Recordado y querido Pepe, que te fuiste en plena juventud. Y amada cuñada y amiga mía Sara, la Reina de Céspedes…vuestros amigos de infancia no quieren que os quedéis fuera.

Feliz día de la fiesta de la nostalgia. Feliz reencuentro y…

María José, chica con mucha luz interior que se ve reflejada en sus decisiones, nos contará en un siguiente post cómo nació la idea y cómo transcurrieron los hechos entre las centenarias paredes de una vieja iglesia.

María Penís

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1 Comentario
soledad
Fecha: Lunes, 10 septiembre 2012 a las 11:34
sobrevivo en Barcelona desde hace 56 años...me trajeron con 8 años y desde entonces añorando ese Badajoz que iluminó mi cara en su niñez.....Me gusta tu artículo Maria..me hace vibrar....yo también sueño con volver a mi acento...a mi gente....a mi tierra.

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