![[Img #21419]](upload/img/periodico/img_21419.jpg)
Nos cogió el gato garduño al otro lado del Almonte, tierra de Monroy. Temprano madrugó la madrugada, decía el de Orihuela; pues eso: un cafelito entre la gente de la caza, evocando yo, no sé por qué, a aquel freire tan importante de la Orden de Alcántara, maestre que fue y hombre de armas tomar, Don Alonso de Monroy, el clavero. Pero dejemos ahora las viejas historias y a lo que fuimos. Dijeron el nº 15 y nos indicaron una tablilla que pendía de una amable encina. “Tira tú, Rodri”. Y yo me encuclillé con “Arí” a la sombra de una vetusta pared de pizarras.
Bellísima la madrugada del estiaje en el campo agostado. El chico, vehemente, giraba, escorzaba, disparaba y, a la postre, se colgó nueve tortolitas al cabo del primer día de la Media Veda. Luego, a la sombra airosa de una mañana fresca, uno aperitivos con cervecitas y un rato de cháchara con gente amable, cordial y atenta.
Inexorablemente, el mecanismo de la melancolía se adueña de los intersticios del ánimo. ¡Fuimos tan felices, e inconscientes, aquellos años de juventud en las fechas de la Media Veda! Valento tenía un “doscaballos” en el puro chasis, apodado “el Ferrari”, y en él andábamos por aquellos carriles de Dios. Chivany, en vez de ponerse en un buen sitio para tirarle a las tortolitas, se iba a las quimbambas y dale de acá, dale de allá, regresaba por los valles buscando a ver si se levantaba la rabona. Al anochecer, el día siguiente, madre traía a la mesa de la cena una delicia, perdida ya ¡ay! para siempre: estofado de tórtolas con patatitas redondas. Alabado sea Dios.
SCM.