Lunes, 10 septiembre 2012

INOCENCIA

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Carmen Ibarlucea

Tengo la fortuna de tener dos patrias. Eso multiplica los gozos y las sombras. Una patria me la dio mi padre, es en la que vivo. Una patria me la dío mi madre, en la que nací.

Este es el mes de mi patria hoy lejana, Chile. Por eso los convido a compartir lo que me contó un amigo sobre como vivio el 11 de septiembre de 1973.

Este cuento es parte del libro “Frágiles biografías” un libro donde no hay ficción.

 

A José Antonio que se sigue buscando.

 

[Img #21422]

-     ¡Mami, papi! ¡Salgamos del auto!, ¡Papi, el “paco” dice que salgamos del auto!. No escuchan al “paco” ¡salgamos del auto!

-     Ya, tesoro, no te “preocupís” , el paco se ha equivocado y no nos lo dice a nosotros. Es que creyó que nos pasamos la señal de pare, pero nosotros nunca haríamos eso ¿cierto?. Tú deja al caballero de adelante que él le va a explicar al carabinero.

 

Adoro esa voz, su recuerdo, porque de esa voz ya sólo queda el recuerdo. Una voz fina y armoniosa de niñito educado que acude al kinder. Adoro esa voz que me apartó de la locura.

 

Solo hacía tres días que yo no hubiera dudado ante la petición de un carabinero para salir del auto. En mi país la autoridad se respeta, porque desde siempre los carabineros y los militares han estado al servicio de la sociedad y no se lucran con el miedo de la población o con esos pequeños trapicheos que hacen en otros lados para sacarse unos pesos que los ayuden a tener una economía más holgada. Pero ahora, si quería continuar escuchando la voz de mi hijo y saber de él más allá de estos cuatro años que habíamos pasado juntos, debía desobedecer al paco, debía permanecer sentado dentro del auto, junto a mi esposa, escuchando la voz monótona del embajador que nos acompañaba, y que ocultaba tras ese tono cansino la angustia que soportaba esos días. Nadie me aseguraba que el entregarme a los militares significaba poner a salvo a mi familia. Yo sabía ya que la misma mañana que tomaron el país por las armas,  habían pisado su palabra. Prometieron al gabinete de gobierno permitir la salida pacífica de las mujeres durante 15 minutos y nada más abrirse la puerta y comenzar a salir aquellas damas se inició una lluvia de balas. Con esos antecedentes yo no iba a arriesgarme, lo había conversado con mi esposa y estábamos dispuestos a pasar juntos por todo aquello... lo que tuviera que ser, sería juntos.

*    *    *

El miedo me tenia atenazada, por siete veces nos pararon los carabineros durante el recorrido desde Las Condes, donde vivía mi amiga, hasta el aeropuerto de Pudahuel. Nos pararon en Apoquindo, en Providencia, en la Alameda, y cada vez que se detenía el vehículo debía salir el embajador y recitar monótonamente : “Según el tratado internacional de mil ochocientos noventa y...,  suscrito por...” Aquel camino me hacía sentir camino de la cruz y después de tantos años olvidada la religiosidad que me llevó al socialismo, me dió por pensar en la resurrección. Miraba la ciudad y no era capaz de ver la diferencia, ¿qué había cambiado en esos tres días para que ya no fuera mi cuidad? Salir de Santiago era en ese momento lo único que me preocupaba, y recorrer ese camino que tantas otras veces me había llevado a casa, allá en Maipú, no me producía ninguna emoción de despedida, ni un preaviso de nostalgia, mi sensibilidad estaba tan adormecida que sólo esperaba llegar al exilio, con el favor de dios.

 

-          No quiero ir, no quiero. Déjame dormir.

-          Ya pues, no sea porfiadito, pórtese bien mi amor.

*    *    *

El mismo día 11 me avisaron temprano y no llegué a trabajar. Tengo la suerte de ser cuñado de un carabinero, que para entonces no entendía nada de lo que pasaba y puso por delante de las órdenes, nuestras vidas. Y yo no era un gran pez en la tina política de entonces, era uno más que quizás lo hizo mal, con toda la buena fe. Lo hizo mal, como tantos que se morían de ganas de hacerlo bien y quisieron ir demasiado rápido, con la ilusión de que era la hora señalada para el gran paso de la humanidad. Y al final se murieron, si no del todo, un mucho. Pero de una forma no retórica, de una forma en extremo real, en extremo dolorosa.

*    *    *

Yo soy una mujer afortunada, de las primeras generaciones de mujeres profesionales, buena pega, agradable compañero, dos hijos hermosos y sanos. Con una bolsa de sueños inmensa que hasta ese día creía realizables. Cómo me reía con ganas cuando escuchaba lo que los socialistas iban a hacer... ¿quién iba a creer eso? Expropiar casas, pero si nosotros nos estábamos comprando una casa... ¿cómo yo, una socialista casada con un socialista iba a ser tan loca de tirar mi plata en comprar una casa para que mi partido, para que mi gobierno me la expropiara? ¡Por favor, quien va a creer eso! Es como si dijeran que los socialistas comíamos niños.

*    *    *

-          Papi, vamos a jugar afuera. ¡Escucha! Viste, están disparando. ¡Papi quiero ver como disparan!

-          Ya pues hijo acuéstese, es hora de dormir. No levante su cabecita de la almohada, ¿me oyó?. Yo les cuento un cuento.

-          ¡Ay, no! Yo quiero ir a jugar al combate. ¡Ya pues papi, vamos!

-          ¡No! Acuéstese o si no me enojo y lo dejo sin cuento. Escuche, esto pasó cuando yo era chico y me lo contó la abuela. Que entonces vivía en el fundo y allá cerca vivía el puma.

-          ¿el puma? ¿de veras? ¿y lo viste tú?

 

Si les dijera que tenía miedo, ustedes no creerían cuánto. Mi mundo estaba patas arriba, tan dado vuelta que en el momento mismo en que creía acabadas mis fuerzas debía ponerme a inventar un cuento. Pero cómo explicas a un niño chico, de cuatro años apenas, que si duermes en el duro piso, en la casa de unos “tíos” que apenas conoce, no es porque estés de fiesta... no, no creo que nadie deba explicarle a un niño, a una niña de la edad que sea, que si suenan disparos en la calle oscura, no son chiquillos jugando al combate. Son adultos haciendo la guerra. Y me inventé un cuento hermoso el día mismo en que por la casa de mi amigo pasó fuego cruzado y mi corazón se preguntaba a qué hermana, a qué compañero, estaban alcanzando aquellas balas pagadas con mis impuestos.

*    *    *

Estaba cansada, más que desesperada, el agotamiento, la tensión me  impedían pensar para bien y para mal. Afortunadamente mi amiga se movilizó harto hasta encontrar la embajada que nos acogió y fue gracias a su entereza, ella tenía buena posición y estaba fuera de toda duda, que pudimos salir del país. Habíamos pasado por cuatro casas en esos pocos días; la primera la casa de mi hermano que fue quien nos recogió temprano en Maipú, cuando recibió la orden de movilizarse por parte de sus superiores y antes que nada pasó por nosotros pues sabía que mi esposo estaba de seguro, en las listas de condenados a muerte que circulaban por los cuarteles. Pero permanecer con él era comprometerlo demasiado. De allí a la casa de mi padre, donde no podíamos dormir sintiendo durante la noche los pasos que nos iban a buscar. Necesitábamos un sitio mejor y fuimos a dar a la casa de los compadres, tan mal vistos como nosotros e igualmente angustiados, para llegar finalmente a la casa de Edith, tan amorosa y tan arriesgada, que se encargó de localizar una embajada dispuesta a acogernos. Cuando salimos, el corazón de tan acelerado no lo sentía, mientras caminábamos hacia la embajada de Honduras en la tarde, como cualquier grupo familiar que se pasea, y cuando traspasé las puertas recuperé de nuevo la conciencia de tener corazón, un órgano que palpitaba más pausado. En aquellos días, no me salían las palabras de la boca, parecía que los pensamientos no querían compartirse. El cuidado de los niños, sus juegos, sus canciones, era lo único que conseguía dar a mis actos un toque de cordura. Traspasar aquella puerta me hizo sentir que aún era posible, tener una familia, un trabajo, una casa... aunque la bolsa de ilusiones no aparecía. Aún hay días que me pregunto por ella.

-         Mamita déjame ir a jugar allá. Estoy cansado. Suelta a la guagua y ven, ven conmigo. Mira, allá venden dulces, vamos.

-         M´hijito, no se puede ahora. Pórtese bien, quédese acá conmigo, va a salir el avión y nos van a llamar.

-         Pero mami, yo quiero jugar y no quiero ver más “pacos” ¿por qué están enojados los “pacos” mami?

-         Ya pues, siéntese acá conmigo, mire la guagua se durmió y no hay que despertarla.

*    *    *

El embajador se portó regio, en menos de un día estaba todo preparado, los pasajes en un vuelo de Lan Chile que nos llevaría hacia el exilio, el texto de la convención internacional de mil ochocientos y tantos, que nos iba  a proteger de las posibles, ¡cómo decir posibles, si uno sabía que iban a ser tan ciertas!, agresiones de milicos o carabineros. Creo que ustedes ya saben que las cosas siempre pueden salir aún peor. Y salieron. Estaba todo listo, pero... al llegar a embarcar, escoltados por los carabineros que formaban un círculo a nuestro alrededor, esperando la ocasión para detenernos si cometíamos el error de separarnos del embajador algo más de los cinco metros reglamentados por el tratado internacional. Ese era mi horror. ¿Cómo estar seguro de que se iban a conformar conmigo?, ¿cómo estar seguro de que en medio de tamaña locura no eran capaces de detener a mi esposa también? ¡y mis hijos, mis hijos...! Y, en caso de salir mi esposa sola, ¿cómo se las arreglaría con los niños? Nuestros billetes de vuelo eran para Panamá, con escala en Guayaquil y según ordenes de último minuto debíamos tener un visado de transito... ¡que no teníamos! ¡Qué locura, por dios!¡Qué templanza!

 

Partió el embajador y nos dejó resguardados por un funcionario de la embajada que se asía al tratado internacional de mil ochocientos noventa y ocho, creo, sin dejar de leerlo en ningún momento. ¡Pobre hombre!, no le llegaba la camisa al cuello. Qué no haría aquel hombre, el embajador, por Santiago, de acá para allá a las carreras, buscando al embajador ecuatoriano que debía darnos un visado en el momento. Fue a la embajada y no lo encontró, telefonearon a su casa y allá les dijeron que tenia cita con el doctor. ¿Dónde está el consultorio? Allá corrió y lo alcanzó y se lo firmó y con la misma, se regresó al aeropuerto y nos encontró dentro del circulo asfixiante, aún en pie, aun con esperanza. No habían llamado para embarcar. En el último minuto, cuando entregamos los pasaportes con el flamante visado de tránsito y nuestros billetes aéreos, yo avisé a la azafata: “Señorita nos bajaremos antes”

*    *    *

Suelo considerarme una mujer de carácter, una mujer que se subió al tren de la liberación en la cabecera, pero ese día me sentía como nunca, totalmente en manos de los demás, el embajador, mi compañero, ... ¡hasta los “pacos”!, todos tenían más capacidad de decisión que yo misma sobre mi propia vida. Una vida que nunca pensé vivir fuera de mi país. Pero ahí con mi guagua  en brazos y mi chinito cansado junto a mí, creía que ya no tenía fuerzas para más. Creía que nunca más podría caminar la vida por mi misma. Decidir qué hacer, dónde ir. Sólo sentir que no importa si no hay techo para ti y para los tuyos. Que lo único que importa es vivir.

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