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María Penís
Martes, 25 septiembre 2012

San Agustín nostálgico… (2ª parte)

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A las ocho y media de la tarde en la Plaza de la Soledad el sol todavía quemaba con la misma fuerza que en las horas de siesta  pero, la tarde antes, ni Maria José ni yo caímos en esa cuenta…¡teníamos tantas ganas de hablar!


En fin…que ya que habíamos quedado sólo quedaba tomar precauciones para no deshidratarnos, por ello entre jarras heladas de cerveza aguantamos los contratiempos del verano hasta que por fin nos llegó el fresquito de las once de la noche y dimos por terminada la velada. Eso si,  sin dejar de hablar ni sudar la calo de la calle y el puñetero calor añadido que desprende el plástico de las nuevas –y desafortunadas- sillas de la Casona, hablamos largo y tendido con esta pareja que han sido capaces de echarle un pulso al tiempo y, por lo pronto, ganarle una batalla.

-¿Cómo llegó la llave de vuestro antiguo club, de nuevo a vuestras manos?

La pregunta rompió la frágil capa de hielo que aún nos separaba. A mi me daba vergüenza reconocer esta debilidad que a veces me convierte en un ser de lágrima fácil, pero la suerte quiso que unos días antes, cuando anduvimos como gatos por los tejados de la iglesia, un rápido gesto de la protagonista secándose disimuladamente una gota indiscreta me hermanara con ella «esta es de las mías –pensé-». Aquella debilidad nos condujo a una larga y emotiva conversación…y poco después de la primera cerveza también Patric se lanzó a hilvanar recuerdos; hasta entonces había permanecido más bien callado, sólo asintiendo de vez en cuando pero, cuando por fin echamos fuera los últimos restos de timidez se convirtió en la gran sorpresa…

-Nosotros estamos ahí –comenzó a contar ella- en la Cofradía del Santo Entierro…por lo que las llaves las teníamos desde hacía tiempo…pero subir sólo lo hacíamos hasta la primera planta, donde tenemos un almacén. La idea de volver a poner en funcionamiento el club giraba en mi cabeza pero, abrir la puerta de las escaleras de la segunda planta…¡eso era otra cosa! eso suponía enfrentarse a muchos, muchísimos recuerdos…

Y entonces fue cuando Patric –hasta entonces mero observador- se echó al tendido y capeó con soltura  estas cosas sentimentales que tanto nos cuesta expresar… y contó, y contó…

Estuvo tres meses aplazando la subida. Tres meses dándole largas a su mujer cada vez que sobre la mesa colocaba la llave y la idea de volver a poner en valor el club. Tres meses diciéndole: mañana; si hay tiempo, de verdad que mañana…

Y el mañana por fin llegó de manera casi providencial al hundirse parte del techo del que en un tiempo lejano fue casi tan hogar como el de sus propias casas.

Una sola vez había subido Patric en treinta años. Tres meses después de cerrar sus puertas. En tan poco tiempo la cabina de música había desaparecido, alguien había ordenado que la tirasen. Cuenta que en ese instante sintió deseos de salir pitando sin mirar atrás, sin embargo durante unos minutos permaneció paseando la mirada por aquel espacio tan desacostumbrado al silencio, y ya en ese instante sintió pena. No estaban esas paredes echas para el silencio…

-¡Último pa pímpon!  Creyó oír Patricio treinta años después cuando por fin se decidió a subir. Aquel último pa pímpon lo escuchó apenas pisó el primer escalón…-Créeme…oía cómo las pelotas taladraban la mesa, cómo zumbaban estampadas en las paredes, cómo tintineaban por el suelo…–pon- pon- pon-.  Las escuchaba como si se hubiesen quedado eternamente rebotando en el aire…aquel sonido tan peculiar, tan del club, casi saludo oficial- úuultimo pa pímponnn…úuultimo pa pímponnn.

La luz de una ventana iluminaba los cuatro cacharros que unos adolescentes crecidos habían abandonado cuando echaron el cerrojo. En aquel instante,  cuenta Maria José, lloré por todo, por nada, por el tiempo pasado, por lo rápido que pasa, por la amistad que teníamos, por lo fácil que entonces resultaba todo…

En una de las paredes aún podía leerse cuatro nombres: Nene, Luis, Jaramillo, y Javi. Con una sonrisa Patric recordó el cuándo, cómo, y por qué grabaron sus nombres. Recordaron los primeros besos, las primeras miradas…los petardos que tiraban por las escaleras, los sustos, las sesiones de espiritismos…las chorradas de los quince años…los enfados, la música, Los Pecos, las fiestas de noche vieja…a Nene partiendo una sandía en el medio de la sala con un peine de carey -¡Por dios, que asco, ¿Quién se va a comer eso?! Y Nene, cuando la tuvo partida, metiendo la cara dentro y zambulléndose en ella contestando: ¡Yo, me la voy a comer yo!

Cuenta Maria José, que después, con los meses, el primer ataque de nostalgia fue suavizándose. A fuerza de pellizcos en las tripas y mariposas en el estómago. Levantando de vez en cuando la cabeza absorta en el trabajo para pasear la mirada mientras escuchaba aquellas voces jóvenes de las que todavía de vez en cuando se escapaba algún gallito infantil, y sobre todo sonriendo y amigándose con aquel ejército de fantasmas que revoloteaban de un rincón a otro. No tardaron en acostumbrarse a la soledad de unas escaleras por las que antaño rodaron petardos, empujones, sustos, risas y gritos escandalosos. Ahora el silencio era el rey, y mientras tiraban tabiques y arreglaban paredes, y sacaban los últimos cacharros, Patric se negó a trabajar con música…-Prefería escuchar el recuerdo de nuestras voces, el crujir de la madera, el tintineo de la cercana campana de la iglesia, ¡ya sabes! mi propia música interior…

-Te parecerá una tontería –cuenta ella- pero lloré cuando cayó el tabique que separaba lo que una vez fue cabina de música de lo que era el salón. Me desmoroné porque con aquellos escombros parecía que se me iban un montón de sueños…no sé si me entiendes –dijo casi disculpándose-

Durante tres meses han andado de una casa para otra visitando antiguos amigos haciendo de investigadores privados y ahora, entre risas se lamenta que el día del reencuentro, ella no será sorpresa para nadie porque ya se ha visto con todos, se ha abrazado con todos y ha hablado y recordado con todos.

Y la noche se nos echó encima casi sin darnos cuenta, y a veces, entre cerveza y cerveza, suspirábamos…

¡Ay, cómo hemos crecido!…que fue de aquel peculiar San Agustín, y de aquel zapatero en el cuchitril del bajo del número uno, con su eterno mandil abetunado –enjuto y puñeteramente serio- surgiéndole medio cuerpo de entre un mar de zapatos que atufaban el aire a cueros bruñidos. Y muebles La Española y, Los Jiménez y su sempiterno Luis detrás del mostrador pesando en papel estraza veinticinco pesetas de recortes de jamón que la pandi de la nostalgia se zampaban en las escaleras de la iglesia o en su particular refugio de arriba; y el bar Las Cadenas; y Amigos del Guadiana, y más tarde y más abajo: El 47, donde a Kilo el de la Casona le crecieron los dientes detrás de la barra…y Paca la de la pensión…

En fin… ¡barquerooo!

Manolo y El Bicicleta y el duro que cobraban por cruzarte hasta la piscina Florida para aquellos cursos de natación o, simplemente para pasar el día…y aquel plato que el barquero de turno te ponía en la mano para achicar agua mientras él, absolutamente profesional y como si fuese lo más normal del mundo, remaba ajeno al plato y a los pies remojados Guadiana arriba, Guadiana abajo, playa, glamurosa Florida, y Pico; y horas más tarde: silbido, mano levantada y otra vez… ¡barqueroooo! (con un par, sin móviles ni nada, a pleno pulmón).

¡Cuantas cosas, y eso que sólo somos unos chavales…por dios!

Un abrazo chicos…y a los fuertes de espíritu perdonadme este San Agustín Nostálgico pero es un capricho que me he dado porque si… porque la amistad, el amor y la nostalgia –aunque suene cursi, muy cuuuursi y manido- pesa más de lo que pueda parecer.

Para todos, pero muy especialmente para esa Reina de Céspedes que hubiese saboreado cada minuto del antes, durante y después.

 

   

PD. Me cuentan que el reencuentro no sólo fue un éxito rotundo, por lo visto la magia movió sus cuerdas y todos terminaron balanceándose en ella.

-¡Parecía que nos hubiésemos quedados atrapados en el encanto de los quince años!  Los abrazos iban y venían, la alegría de estar juntos de nuevo, la música, los bailes de entonces, las risas, y el cariño que nos teníamos…en definitiva, una larga noche de fiesta llena de magia.

  • Maria Penís
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