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Primo González
Lunes, 1 octubre 2012

CRISIS ECONÓMICA MÁS DEBATE IDENTITARIO

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Visto desde fuera, el devenir de los acontecimientos en España debe causar perplejidad y algo de preocupación. En medio de una crisis económica como no conocía el país desde hace varios lustros, en España se acaba de abrir el debate sobre la integridad territorial, o sea, sobre la posibilidad de que el Estado español entre en fase de descomposición. Cataluña reclamó esta pasada semana, con una amplitud social que deja pocas dudas sobre su carácter mayoritario, la independencia y la secesión de España. Dentro de poco más de un mes, el 21 de octubre, hay elecciones autonómicas en el País Vasco, en donde la declaración unilateral de independencia forma parte esencial del programa de uno de los principales partidos políticos que concurren a las elecciones. Este partido puede encontrar aliados nacionalistas para formar una masa mayoritaria de votos suficiente para empujar esta opción política.

Afrontamos, por lo tanto, una situación política cuando menos incómoda y en todo caso muy diferente a lo que estamos acostumbrados desde hace bastantes años, ya que los movimientos políticos disgregadores en España no habían tenido hasta ahora la fuerza el apoyo suficientes como para convertir en realidad las expectativas que venían barajando desde hace algunos años.

Es posible que la crisis haya acelerado o explicitado los planteamientos secesionistas de algunos partidos nacionalistas. Es posible que la crisis haya debilitado hasta tal punto al Estado español que haya hecho posible el avance de las posturas discrepantes que apoyan la secesión, aprovechando que el Gobierno de la nación está ocupado en tareas de enorme complejidad y desgaste. Es posible incluso que la propia dinámica de la crisis, con las medidas de ajuste adoptadas por el nuevo Gobierno de Rajoy llegado al poder hace apenas nueve meses, haya generado un descontento colectivo (lógico en todo caso) que algunos grupos están convirtiendo en palanca favorable al independentismo, mediante la venta de la idea de que “eso no pasaría si estuviéramos fuera del ámbito del Estado español”.

Argumento este que algunos grupos de opinión han anticipado como profundamente erróneo, dibujando un panorama tras la independencia en el que todo serían desastres y desventuras, además de empobrecimiento colectivo, para quienes escogieran la vía del separatismo.

Todo parece indicar, por desgracia, que en España acabamos de entrar en una fase de discusión de nuestra propia identidad colectiva, debate que previsiblemente se agudizará a partir del domingo 21 de octubre, tras las elecciones vascas. Ni qué decir tiene que la intensidad de este debate, que a priori podría considerarse inútil y una lamentable pérdida de esfuerzos, no nos va a facilitar ni la salida de la crisis ni el aprecio de nuestros colegas internacionales ni la mejor predisposición de nuestros socios en las instituciones internacionales a las que pertenecemos (sobre todo la UE) ni por supuesto la admiración y adhesión del mundo empresarial y del dinero internacional, que ha tenido habitualmente a España como un país estable, sensato y adecuado para invertir con provecho.

Es mucho, por lo tanto, lo que nos estamos jugando en esta oleada identitaria en la que estamos sumergiéndonos y que esta semana tiene algunos hitos a tener en cuenta porque en ellos pueden residir las claves de que todo este proceso entre en una vía de sensatez. El miércoles hay reunión de empresarios, la patronal CEOE, en la que este asunto va a ser previsiblemente tema central de reflexión. El jueves hay entrevista en la cumbre en Moncloa: el presidente catalán Artur Mas viene a visitar a Rajoy, posiblemente armado con la fuerza que le proporciona el éxito de la convocatoria independentista de la reciente Diada. No son las únicas reuniones que se van a desarrollar en estos días, pero sí que pueden ser dos buenas oportunidades, sobre todo la segunda, para no desaprovechar la necesaria clarificación de posiciones. A España como Estado le vendría muy bien que esta incertidumbre sobre su futuro se quedase clarificada cuanto antes. En caso contrario, hay que considerar que a la crisis económica, ya de por si tremenda, se le acaba de adosar un nuevo factor de alto riesgo, de consecuencias imprevisibles.

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