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Carmen Ibarlucea
Martes, 16 octubre 2012

CUENTO DE HADAS

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A mi abuelo Andrés.

Su vida, como todas, es y esta en muchas otras vidas.

 

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Cuando yo lo conocí era viejo. Pero había sido niño como todo el mundo, niño como yo era niña en aquel momento. Un día, me tomo de la mano y nos sentamos juntos en un prao verde de febrero. Él levanto la mano, su mano modelada por la artrosis y la humedad del mar hasta la cintura en el puerto de Bilbao, y al vuelo tomo un saltamontes que puso entre las mías. Nunca hubo mucho más. Nos conocimos el cuarto año de mi vida, cuando yo vivía mi propia pesadilla silenciosa. Aún no podía saber que a veces hay años que no son de temer.

Fue por que mi padre me contó esta historia, en los años de mi propia infancia, que nunca he puesto en duda la verdad de los cuentos. 

Andrés nacido en un pueblo, entre el mar y la montaña. La madre, su madre, era heredera de algunas fincas de esas que bajan en pendiente y ofrecen alimento al ganado y trabajo a los hombres.  Se caso con el hijo de un inmigrante vasco y tuvo cuatro hijos antes de morir. Eso en las cuenta de Andrés sumaron cuatro años de felicidad, dos hermanos mayores y un hermano pequeño.

Se le murió la madre a los cuatro años, y a los siete tenia una madrastra, dos hermanastros y un padre en Cuba que nunca escribió.  Antes de marchar, el padre vendió el ganado, vendió las tierras y se endeudo; solo quedo la casa y la madrastra, los  hijos de antes y los hijos de después. 

De los cuatro a los siete años la vida fue lo que fue. 

No había alimento, había amor de hermanos, no había paciencia, había canciones en las calles del pueblo. Su madrastra que no podía darles de comer, les pegaba con una vara de avellano. Pobre mujer.

Andrés vivía en una de esas casas de piedra con la puerta partida en dos, la casa de su madre.  Un día, como tantos días, Andrés hizo algo, que luego olvido,  pero que enojo a su madrastra; cuando las personas son infelices todo las enoja. Solo hacia unos días que la madrastra había regalado a un matrimonio de quincalleros al hermano pequeño de Andrés, pero eso no le dio paz. La madrastra tomo la vara de avellano que pendía de un clavo en la pared, y desde allí la levanto sobre su cabeza, amenazando. Andrés, con siete años era un atleta sin un gramo de grasa. De una carrera y un brinco salto la mitad inferior de la puerta, gracias a que la mitad superior estaba abierta.  No se volvieron a ver.

 A los seis años, para aplacarme la soledad. Mis padres me regalaron un disco  negro de larga duración, allí escuche por segunda vez la historia de Andrés, aunque en el cuento lo llamaban Cenicienta.  Para mi Cenicienta nunca espero a crecer para encontrar el modo de ser libre. Ella siempre salta la puerta y echa a correr descalza sobre los prados de Asturias. Corre libre y trabaja. Y al crecer le paga al maestro por lecciones nocturnas para aprender a leer, como mi abuelo. 

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1 Comentario
Mª Eugenia
Fecha: Viernes, 19 octubre 2012 a las 19:07
Pobre,Andrés. Y pobre, la madrastra. Me ha gustado tu enfoque,todo comprensión. Cualquiera sabe cóno actuaríamos si realmente bienen mal dadas.Un abrazo, Carmen

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