¿Quiénes se habrán asomado a la fuente antes que nosotros?
Si
te sientas y miras, verás un trasiego constante de personas que lleva
sus vasijas para recoger el tesoro que mana. Mayores, menos mayores,
jóvenes, niños… Muchos, al pasar junto a ella, tocan el agua y se
refrescan la cara, dando las gracias con una sonrisa.
Un hombre se
acerca a ella y recoge un poco de agua para lavarse una herida: “es lo
único que me cura esta dichosa pierna”, me dijo.
Otro, pregunta si
se puede beber, acostumbrado quizá a tanto cartel de “agua no potable”.
Una pareja me pide que le haga una foto, y “que salga la fuente”.
Personas mayores, con tantas hendiduras en el alma como muescas tiene
la fuente, acarrean agua para las necesidades domésticas a lo largo del
día y de la noche, escoltados por vencejos que hacen diabluras en el
aire.
Mi amigo Sixto, lleva a su bebé junto a la fuente para que
escuche como cae el agua. Quiere que el pequeño sienta la música de la
naturaleza y la lleve siempre en la memoria. Arrima sus piececitos
hasta tocar el agua, y el pequeño, de pocos meses, siente el frescor
sin hacer remilgos. Así cada día, y en su sonrisa, se adivina que son
amigos hasta la eternidad.
La fuente da agua, y un espacio para que
junto a ella te encuentres contigo, y con los vecinos y visitantes.
Allí se hacen tertulias, se preguntan cómo van las cosas, qué hay de
zutano o mengano, y después cada mochuelo a su olivo, y la fuente, de
guardia.
Un niño llena un vaso de cristal que trae desde casa, y
paladea el agua en estos días de calor como si se tratara del mejor de
los refrescos, mientras se apoya en la fuente, refrescando sus
pantalones, y dejando el rastro de dónde ha estado cuando vuelva.
La
Fuente de los Chorros está en Cuacos de Yuste, y te está esperando para
que le preguntes lo que quieras, mientras te ofrece un trago como sólo
sabe hacerlo quien lleva quinientos años haciéndolo...