Restricciones comprensibles nos vetaron ayer tirarle a la pluma en el cazadero consiguiente. Es decir, que íbamos de caza, pero sólo de pelo. Quítenme allá alguna torcaza que se aventurara en el pago. O alguna sorda, que por lo visto ya andan por aquí.
A mí ese cazadero nunca me hizo gracia. Será por esas vertientes de ribero tan pronunciadas, que me han puesto los bofes a punto de caramelo más de una vez. Me nombran la Cerca de Adrián o Pedro Hurtado y me duelen las piernas de subir esos cuestos empinados.
El día de caza era bello, aunque no para mi gusto. Ya saben que prefiero los nublados en el campo y los tonos grises. No hay cosa que más me aturda que el deslumbramiento del sol. Cuántas piezas habré fallado, a cuenta del fogonazo de Febo, en los ojos a la hora del tiro.
Pero ayer era un día hermoso, las cosas como son. Un azul zafiro el cielo, glaucos los vallecicos y el dorado del astro laminándolo todo, daban a Madre Naturaleza un aire frondoso que daba gusto respirar. Faltaba, no más, el son de las aguas corrientes. Mucho pedir.
Rodri, con ese portento de “Ari”, empioló un conejete y dos rabonas; y yo, torpísimo y atolondrado, de puesto, me dejé ir una rabona astuta con tiro fallado y todo. Para rematar el mal fario, un conejito que venía derecho, se conoce que me sacó el viento y se dio media vuelta. Total, que me colgué un bolo ominoso que será mejor lanzarlo, presto, a los rincones del olvido. Todo lo demás, fatal; ya saben. SCM.