Me han dicho que escriba lo que quiera y no tengo ni idea de cómo empezar. Escribe lo que te apetezca, tú puedes hacerlo, ¿quién, yo? Pero si no sé por dónde coger, o mejor dicho, mirar esta pantalla, que de pronto se me antoja enorme, inmensa, ya no soy yo quien la mira a ella, sino que ella, insolente y amenazadora es la que me mira. Y en un lenguaje que sólo ella y yo conocemos, me dice, atrévete, cobarde, atrévete a escribir una sola palabra en mi impoluta superficie. Y nadie se imagina el trabajito que me está costando teclear, porque el teclado también se ha puesto en mi contra. Se ha endurecido o apelmazado o parece que las teclas en vez de reposar plácidas, unas junto a otras, se han enclavado o incrustado como si formaran un todo compacto e inseparable, imposible de dividir tecleándolas con el golpecito de una simple yema digital.
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Tú puedes escribir sobre cualquier cosa. De cualquier cosa, como si eso fuera tan fácil. Vamos a ver, quiere que escriba sobre la vuelta al cole y el encarecimiento de los libros, de la cesta de la compra, de las inundaciones en Pakistán, de los incendios veraniegos, de los traumas postvacacionales del personal, de la infelicidad o de la infidelidad, de los celos, de los suicidios, de la guerra padres e hijos, de la intolerancia, de la compasión…Pues mire usted, no tengo ni idea de cómo empezar. Vamos a ver, imaginemos que elijo hablar de la infelicidad (no confundamos con infidelidad), que es un tema que me gusta y además da para mucho hablar, o escribir. ¿Desde qué punto de vista lo enfocaría?, como introducción podría contar una anécdota o confidencia que alguien me hubiese realizado, y a partir de ahí, desarrollar, argumentar, razonar, deducir, rebatirme a mí misma, jajaja, ¡la leche! Y a modo broma, me han dicho que no me exceda de treinta líneas, y ya llevo, a ver que cuente,…veinte y cuatro, seis más y listo.
Si es por escribir, yo puedo, claro que sí, y ahora que parece que las teclas se han aflojado un poco ya no tengo que aporrearlas, ahora los dedos se deslizan solos, qué raro, es como si una fuerza ajena a mí los deslizara suavemente por el teclado. Además la pantalla ha dejado de mirarme, ya no me siento amenazada ni intimidada por ella, ha pasado a mirarme con dulzura, casi con cariño y… puff, si ya llevo las treinta líneas. Lo siento, solo tengo espacio para despedirme, adiós.