Maluca baja la cuesta, que desciende desde la iglesia de Santiago hasta la plazoleta chica. Va cargada con un cántaro en la cabeza y otro en el cuadril, yo la miro embelesada y al mismo tiempo nerviosa, pienso que en cualquier momento se va a caer el cántaro de su cabeza. No es así, Maluca va cimbreando sus caderas al compás, con un equilibrio casi malabarista. Ella no es acróbata, es aguadora, y también, lavandera de vez en cuando.
Yo trato de imitarla con mi pequeña cántara, que pocas veces llega llena hasta la calle Picadero donde vivo.
Sigo el camino de estas queridas calles, mis recuerdos prevalecen y vuelvo a ser la niña soñadora y curiosa de aquel tiempo inevitablemente, los hortelanos están en este recorrido por los rincones de mi memoria.
Van las mulas repletas de coles, tomates y otras verduras frescas y recién cogidas, tienen el inconfundible aspecto fresco que le dan las gotas de roció aún impregnadas en sus hojas. Los hortelanos trabajan de sol a sol, llevan las ropas y calzado con barro de la tierra que trabajan día a día con tesón y diría que también con orgullo.
Bajan las caballerías por las repinadas calles de Villalobos, hasta Puente Vadillo, donde empiezan a verse las primeras huertas.
Con las mulas, me pasa igual que con las aguadoras, temo que se resbalen, los cuadrúpedos van con sumo cuidado sorteando cada piedra, cada hueco con una destreza lenta por el peso que soportan, sin embargo, resultan hábiles y hasta majestuosos.