Ni siquiera la dureza
de la actual ley de Seguridad Vial sirve para evitar muertes inesperadas
de jóvenes usuarios de las carreteras españolas. Ni puntos, ni retirada
de carnets, ni sanciones económicas, pueden ni con el alcohol, ni con
el exceso de velocidad, ni con la imprudencia. Es duro, es triste, pero
es así de real. No es ya jugarse la vida por ti mismo sino por el error
de los demás. Salir a la carretera es ser candidato a engrosar las
estadísticas de los sucesos luctuosos que ocurren a diario, que se
incrementan en los fines de semana, en un elevado porcentaje por culpa
del ser humano.
Es obvio que la calidad de las vías en la región
extremeña ha mejorado casi al cien por cien en los últimos años y que
la siniestralidad ha disminuido respecto a años precedentes. pero no es
menos cierto que cuando menos se espera, un suceso de considerables
dimensiones, con muertos y heridos en números alarmantes, rompe las
previsiones y los datos para hacerlos crecer de forma insospechada.
Si
aún no nos había dado tiempo a recuperarnos del tremendo accidente
ferroviaro de Carmonita, donde perdían la vida tres jóvenes extremeños,
de nuevo Extremadura llora con impotencia y serenidad a siete hjos más,
desaparecidos de forma brutal en la fatídica curva de la provincial EX
-336, que une las localidades de Oliva de Mérida y Villagonzalo, en un
once de septiembre más, que engrosa la historia de la Extremadura negra,
que en pleno siglo XXI sigue impotente la estela de la imprudencia, que
desgraciadamente se sigue imponiendo al sentido común.
Oliva de
Mérida, Palomas y Puebla de la Reina han despedido a sus hijos en medio
de una conmoción y un silencio solo roto por lágrimas imposibles de
contener. El luto ha comenzado a acompañar al respeto hacia los
familiares y amigos de las siete víctimas del once de septiembre de
2010, en un verano caliente y terrorífico en cuanto a accidentes en las
vías extremeñas se refiere.