Alberto Oliveras ha muerto; me tuvo pegado a la radio en mi infancia y en mi adolescencia; me hizo vivir un sentido de la solidaridad que entonces parecía o cursi o limitado por aquel lenguaje que la radio imponía en esos ambientes de oscuridad y pobreza en el que se desarrolló nuestra larga posguerra. Era un extraordinario profesional, inolvidable su voz, la música que nos traía, los asuntos que trató. No querría dejar pasar el momento sin recordar su figura, su entusiasmo radiofónico y humano. Otra muerte hubo recientemente que dejé pasar sin comentario en el blog, y reparo ahora aquel hueco: Joaquín Soler Serrano, que nos abrió tantas puertas, en la radio, en la televisión, para la vida, para la literatura. Dos inolvidables profesionales; escribo de ellos desde una de las patrias de la radio, Colombia, y escribo de ellos con una inmensa gratitud, que es la gratitud que siento por el medio con el que convivo a diario desde mi niñez. Gracias a la radio soy periodista, así que le debo la respiración, el aire y la vida.