
Hay
quien se disfraza de Nube Roja para aprender. Como si de un sioux,
cheyenne o apache se tratara, algunos ejecutivos europeos participan en
actividades de formación en Estados Unidos, disfrazados de indio. Se
trata de hacer el indio, mientras uno se forma, o como dirían los
organizadores, “hacer de la formación algo lúdico”, a golpe de
talonario.
Hay quienes también buscan la espoleta del deseo formativo
en disparar bolas a diestro y siniestro en medio del campo disfrazado
de Rambo, o haciendo rafting, o teatro en vivo, o escuchando a un
experto en tanques rusos estrategia de combate para aplicarlo a la
empresa, o a un agente de los servicios secretos israelíes, que deja de
ser secreto cuando te da su mail...
El deseo de aprender aparece con
el señuelo de un viaje, de una actividad inédita, para entre actuación y
actuación, edificar nuevos conocimientos. ¿Porqué se ha perdido el
deseo de formarse sin tanto aditamento y oropel?, ¿no es el resultado de
la formación un premio en sí misma?
Hace unas semanas conocía a
Antonia en una residencia de mayores de Extremadura. Tiene 104 años a
sus espaldas, y unos ojos vivarachos que son una envidia. Antonia,
aprendió a leer con 97 años, y sin plumas en la cabeza… No tuvo que
convencerla nadie, ni llevarla de viaje, ni cargar con su cámara digital
para inmortalizar mil disfraces. Antonia es un máster viviente que
demuestra que no hay edad ni reclamo para aprender, tan sólo el deseo de
crecer interiormente, aunque se tenga más de una centuria… A Antonia sí
que había que llevarla a las escuelas de negocio, para que todos
aprendiéramos desde la humildad, como hace ella cada día con su andador,
para no perder la vitalidad que lleva dentro.