A Jenaro, que como las palomas llenas de libertad, seguirá con su zureo por los confines de la eternidad.
Han sido muchas las personas que se han dirigido a mí para
que les comentara qué ha pasado con el cierre del Gran Café, de Cáceres. Y
otras muchas las que me han pedido que escribiera algún obituario al respecto
de su “muerte” anunciada en la crónica social cacereña desde hace varios meses.
Todo aquello que sé no lo voy a airear, lo que no sé lo podría intuir y lo que
imagino es pura y segura elucubración. Lo que sí me arropa desde su apertura el
16 de enero de 1984, es un conocimiento profundo de la filosofía que desde su
inicio ha presidido al establecimiento hostelero más genuino de la comunidad extremeña,
porque reunía tres requisitos para hacerlo atractivo y sobre todo,
imprescindible, ocupando un lugar único en la vida diaria de Cáceres: el
continuo apoyo a la cultura, que jamás ha estado reñida con el negocio, por
mucho que algunos lo nieguen o lo rebatan, el fomento de la gastronomía
extremeña, no hay más que contemplar su carta, y el ambiente de un lugar que
invitaba continuamente a repetir la visita, seguramente por la amabilidad de
los profesionales que han pasado por la cocina, la barra y las mesas, la
luminosidad y decoración del lugar y el aroma no solo a café, que se exhalaba
en su interior.
Desde su apertura, El Gran Café apostó con convencimiento, denuedo y visión de futuro, por aportar su impronta a la cultura, con el mérito de hacerlo desde la iniciativa privada, sin acudir ni pretender subvenciones ni apoyos públicos, ya que el de los ciudadanos lo tenía, que era lo importante y el objetivo final. Músicos, cantautores, cuentacuentos, magos, escritores, pintores y artistas varios de toda condición han hecho las delicias de un público fiel a Gran Café, que a lo largo de los 27 años de existencia ha convocado un buen número de actividades diversas, entre ellas un concurso de música clásica para jóvenes estudiantes y un certamen de relatos de cobertura nacional y repercusión internacional. Las ediciones no venales de los textos premiados quedarán para el recuerdo de aquellos que tuvimos la fortuna de vivirlos en la cercanía, como joyas imperecederas.
La gastronomía ha sido otra de las facetas del Gran Café con la que ha roto fronteras extremeñas, cosechando premios nacionales diversos por la calidad que surgía de sus fogones. Además, la continua promoción de la cocina extremeña atraía a propios y extraños a degustar tapas, raciones y platos combinados en donde la esencia de lo regional siempre estaba presente.
El ambiente del Gran Café ha sido la enseña que ha enarbolado desde la farola que anunciaba en su exterior a través del correspondiente plafon con el logo del establecimiento, pasando por las cartas y folletos divulgativos de lo que nos podríamos encontrar nada más atravesar la puerta de vaivén hacia sus adentros.
Por la barra y sobre todo, por las mesas repartidas por sus dos patios, ha pasado todo tipo de personajes públicos y miles de clientes. Gentes de la política, la economía, la música, la cultura, la sociedad y sobre todo, ciudadanos que a diario han llenado las instalaciones con su presencia y beneplácito, han acariciado el piano, han leído la prensa o su libro favorito, han participado en tertulias diversas , han degustado su genuino café o se han tomado la última copa de la noche para irse con el aroma inconfundible de un lugar emblemático donde los haya.
Las vicisitudes por las que ha pasado el Gran Café hasta llegar a su cierre poco nos pueden importar ya. El variopinto mundo de los negocios conlleva que unos permanezcan en el tiempo y otros en el recuerdo, bien por ser eternos o por ser efímeros. Poned al Gran Café donde queráis. Yo, evidentemente, lo sitúo en un lugar preeminente por todo lo que me ha aportado en todos los órdenes de la vida. Con su saber, con su sabor, con su olor y con su esencia, con ese conjunto de detalles es con lo que me quedo.
Adiós, Gran Café, adiós.