Hace unos días, y como preludio de las fechas navideñas, se celebró el famoso sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Un pellizco del primer premio tocó muy cerca de mi casa. Yo mismo compré, hace algo más de un mes, un décimo en esa misma administración, pero con poca fortuna —ni una pedrea, ni una terminación—. La probabilidad de que toque la lotería es ínfima. Vivimos en un país donde el juego forma parte de nuestra cultura y se juega mucho, quizás demasiado. Tenemos Lotería Nacional, Primitiva, Bonoloto, Gordo de la Primitiva, Euromillones, lotería de la Once, quinielas, apuestas hípicas, bingos, casinos, máquinas tragaperras... En cualquier fiesta patronal que se precie no falta la tómbola que vende boletos y que a grandes voces, por una megafonía siempre estridente, promete suculentos premios de dudosa calidad. No son pocos los negocios de hostelería en los que se hacen porras con los resultados del fútbol y que en estos días previos a la Navidad han rifado llamativas cestas de productos típicos. Lo dicho, estamos sumergidos en una sociedad donde los juegos de azar están presente casi en cualquier rincón. Se gasta mucho dinero, pero también se generan ingresos y puestos de trabajo alrededor de esta actividad y en cualquier caso podemos decir, siempre que la fortuna sea adversa, que de ilusión también se vive.
Víctor Manuel Jiménez Andrada
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