La avaricia, según reza en el diccionario de la Real Academia es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Estos días hemos asistido, con estupor, a un ejemplo práctico de avaricia al más alto nivel. Dos expresidentes del Gobierno, el Sr. Aznar y el Sr. González, han fichado, con una nómina desmesurada a la que jamás podremos aspirar el resto de los trabajadores, por dos grandes empresas privadas del sector de la energía para trabajar como ¿asesores? Todo ello sin renunciar a la suculenta paga que cobran de las arcas del Estado. Por supuesto, no hay nada ilegal en ello, pero sí inmoral. No es de recibo, con la que tenemos encima, que estos señores se forren así en empresas con las que le tocó pelear cuando ejercían un cargo público. Mientras la sombra de la duda cae sobre ellos, la sociedad se plantea si sería conveniente un cambio en la legislación para que este tipo de cosas no ocurra. Si un expresidente quiere seguir trabajando, puede hacerlo perfectamente en el ámbito que supuestamente mejor conoce, la gestión pública, y así podría justificar, de alguna manera, la pensión vitalicia que cobra.
Víctor Manuel Jiménez Andrada