Me metí en la cama, aunque la vigilia era latente en mí, como otras noches. Las farolas de la calle, iluminaban parcialmente mi habitación, estaba preocupada por Alberto, (mi compañero) ya que llevaba tres meses con una bronquitis, que no acababa de sanar, no obstante cerré los ojos con la intención de dormir. El sueño no venía pero si los pensamientos desolados, sobre la existencia, el bien, el mal y todo ese desconcierto que acompaña al insomnio.Cerré los ojos y sentí una respiración profunda y unas manos cálidas acariciado mi rostro, miré la habitación sin moverme, y comprobé que la farola iluminaba mi habitación lo suficiente, para ver que allí no había nadie, excepto yo -pensé- que un espíritu no podía ser, ya que los espíritus “según dicen” dan frío. Encendí la luz y no había nadie, igual que otras veces, después de esa sensación, me sentí relajada, fui al dormitorio de Alberto y roncaba placidamente dormido, a pesar de su bronquitis.
Otra vez torné a la cama y nuevamente cerré los ojos dispuesta al sueño, de
nuevo sentí aquella caricia cálida en mi rostro y me quedé dormida hasta que el
impertinente timbre del despertador, me anunció que eran las nueve de la mañana.