Hace
años, quizá veinte años, estuve en Asuán, cuando autoridades del mundo,
como la ministra griega Melina Mercuri, y como el presidente Mubarak,
asistían a la final del concurso para reconstruir la biblioteca de
Alejandría. Resultaba extraño, verdaderamente, que un concurso sobre el
porvenir cultural de una ciudad se realizara en otra; era impensable que
eso ocurriera en España, que algo que correspondiera a Barcelona se
desarrollara en Madrid, y así sucesivamente. Uno de los periodistas
extranjeros que acudían al mismo acto, dijo que en un país como en
Egipto no valía la lógica imprescindible en otros sitios. Y era cierto: a
lo largo del camino que nos llevó desde El Cairo a Asuán, en los
aeropuertos y en las vías, en las carreteras y en las calles, Egipto se
manifestaba como algo verdaderamente insólito en el mundo, al menos en
el mundo que yo había visto: a los dos lados de las carreteras, a los
dos lados de las calles, por fuera de los aeropuertos y de los sitios
oficiales, masas ingentes de uniformados guardaban puertas, cerros,
esquinas, Egipto era un país sitiado, como una palabra prohibida a la
que hubiera que mantener a buen recaudo por si se desmandara una sola de
sus sílabas. Ahora hemos visto hasta qué punto estaba guardada esa
palabra, hasta que la gente ha hecho lo que proponía Ángel Ganivet y que
ya ha ocurrido en otros lugares, y más recientemente en Túnez: cuando
los de abajo se mueven los de arriba caen. En todo caso, como en La vida
es sueño, siempre hay algo peor, o simbólicamente peor: los chinos
acaban de prohibir en sus medios de comunicación (y en las redes que
acechan la censura china) la palabra Egipto. Es probable que haya otras
metáforas de las dictaduras pero esta prohibición me parece un ejemplo
memorable y terrible de lo que sucede en Egipto y de lo que pasa en
China y de lo que pasa allí donde el poder se ejerce con la mentalidad
de los usurpadores. De los usurpadores de las palabras, también.