Las obras nos molestan a todos. Supongamos que tienen que abrir, en una pared de nuestra casa, una roza para meter un cable. Polvo por todos lados y, en el mejor de los casos, varios días una habitación patas arriba. Por no hablar de cuando a uno se le ocurre pintar la casa o cambiar la bañera por el plato de ducha. Pero luego, cuando se ve el resultado, el gesto nos cambia, nos alegramos y enseguida nos recuperamos del disgusto pasajero. Algo así pienso de la obra de la Plaza Mayor de Cáceres. Sí, llevamos varios meses mascando polvo, dando inmensos rodeos y soportando ruidos. Quejas por todos sitios y nadie conforme. Es lógico, el malestar aflora y la paciencia de los más pacientes se agota cuando nos golpean en la tranquilidad y también en el bolsillo. Pero llegará el ansiado día y creo que merecerá la pena la espera, sobre todo si tenemos en cuenta que la obra era necesaria para cambiar unas infraestructuras completamente obsoletas. Me temo que de esto último no ha sido muy consciente la opinión pública ni los medios de comunicación. Espero que cuando la plaza vuelva a su esplendor y se llene de vida, olvidemos estos meses complicados y disfrutemos todos del nuevo espacio.
Víctor Manuel Jiménez Andrada