Los perros huelen en seguida la amistad o el desastre; en ambos casos, ladran. Pero se sabe pronto, aunque no se les vea aún, cuál es el estado de ánimo con el que recibe los ruidos intrusos. La insistencia del ladrido es uno de los elementos que permite juzgar ese estado de ánimo; en el caso de la perra que conozco más, Rita, cesa de ladrar cuando ya considera que el cúmulo de caricias que cree merecer ha sido satisfecho. Entonces regresa a su rincón, que en este caso es un sillón que han forrado con sus telas favoritas. Ahí tiene su territorio, desde el que despliega su olfato para verificar si los pasos siguientes vienen a su puerta o a la puerta de los vecinos. En esto también es notable la intuición de la perra: ella no interfiere los pasos de los desconocidos; se prepara tan solo para ladrarle a los pasos que ya se sabe, y éstos los intuye mucho antes de que empiece a sonar el ruido del ascensor. Cuando ya ha pasado un rato desde el primer encuentro ruidoso Rita parece decir, como escribió Jorge Guillén después de su famosa siesta, que el mundo está bien hecho, que todos están en casa ya, que no falta nadie, o al menos que ella no echa en falta a nadie. De chico me pasaba exactamente lo que en mi imaginación creo que le pasa a Rita: yo contaba uno por uno, mentalmente, los amigos, los familiares, los parientes lejanos, los cercanos, los enumeraba y los nombraba, como si así quisiera conjurar la vida a su favor. Sigo haciéndolo, hacia atrás y hacia adelante, y en esa tarea en la que trato de intuir, como los perros, cómo estarán las personas a las que conozco y quiero, distraigo momentos que de otro modo, en la soledad más absoluta, en el desierto más total, sería insoportable. Pues uno se levanta de la silla en la que está solo porque en otro sitio alguien te espera, o alguien avanza hacia ti sin que tú lo sepas, y cuando llegue te va a hacer muy feliz. Supongo que eso es lo que mantiene inquieta a Rita, hasta que al fin alguien llega y ella ladra porque aún no sabe abrazar ni decir otra cosa que lo que ladra. Pero se la entiende, yo creo que se la entiende. Los ojos de los perros no engañan a nadie.