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Félix Pinero
Lunes, 28 marzo 2011

La política, o la nada

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El próximo martes, el Boletín Oficial del Estado publica la convocatoria de elecciones autonómicas y locales, que abren al electorado una oportunidad más para que se pronuncie sobre uno de los modelos con los que desea ser gobernado por su propio bienestar, el de su familia y el de la sociedad en general.

En la sociedad española y en la tesitura actual, más que nunca, hay dos modelos que se ofrecen que, ambicionando lo mismo que todos, difieren sustancialmente, en la forma y en los hechos, en la visión de la realidad que ignora a la gente y en otra que mira por ella y sus necesidades.

 

Lo ocurrido recientemente en Portugal nos ilustra bastante sobre los deseos hibernados en España, en que la oposición pareciere desear que el Gobierno le allanare el camino del poder a base de qué él se hunda. Nuestros vecinos no aceptaron los recortes del Gobierno socialista de Sócrates para reflotar la economía y ponen en aprietos su propia estabilidad antes que su salvación. Ahora, el primer ministro dimitido logra en unas primarias, ya previstas, más votos que en la anterior ocasión para ser candidato de nuevo a unas elecciones anticipadas. Sin embargo, la oposición ya ha avisado, no aceptando las reglas de juego, que no pactará con él si continúa liderando al partido que le ha dado más apoyos que nunca. Es decir, proclaman la omisión de socorro antes que salvar a su propia patria.

 

Algo parecido a lo que ocurre en España. Mientras los empresarios y las fuerzas sociales proclaman su unidad ante la crisis y le piden al presidente que siga pilotando sus políticas reformistas, el PP parece desear que desvíe el rumbo del electorado y le ponga la alfombra azul que le lleve a la Moncloa sin despeinarse.

 

En tiempos de zozobra como los actuales, sobran las palabras y hacen falta los hechos y se hace preciso aludir al espíritu de la Constitución de Cádiz, de nuestro Muñoz Torrero; al de los Pactos de la Moncloa de Adolfo Suárez o de la transición política que todos asumieron más para alumbrar el futuro necesario que para enterrar un pasado que para ellos es historia que no mueve molinos.

 

El presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, ya advertía el pasado viernes que “la política es el único instrumento para cambiar la sociedad”, frente a quienes vienen predicando lo contrario para dejarle el campo libre a ellos y, además,  vacío de rastrojos que le impidieren ver el horizonte.

 

En una reciente entrevista, el presidente de la Asamblea de Extremadura, Juan Ramón Ferreira, ha definido la labor de la Cámara que preside como “la de dar respuestas a los problemas de los ciudadanos”. Qué otra misión hubiere de tener la política, ya en el Ejecutivo o en el Legislativo, que hacer posible la reforma de la sociedad para que halle su felicidad en la Tierra.

 

Aristóteles definía la política como “la primera y más importante de todas las ciencias, porque el hombre es un animal político, que solo puede alcanzar su seguridad y prosperidad en la polis”, es decir, en la ciudad-estado.

 

Leibniz, que albergó en su persona el saber de su tiempo, definió la política como “el arte de lo posible”. Casi 250 años después, Charles Maurras, revisó críticamente la definición y propuso asumirla como “el hacer de hacer posible lo necesario”. La “princesa de los descamisados”, Evita Perón, se acercó aún más a esa definición, hecha ley por los socialistas españoles, al afirmar que “allí donde hay una necesidad, hay un derecho”. Y esta es la base del realismo político: vincular lo posible a lo necesario. Nada de esto parece preocupar a la oposición española, más interesada, como la vecina portuguesa, en decir “no” a todo que lo que decía Max Scheler: “La necesidad en política es aquello que está ahí, que reclama nuestra acción para poder sobrellevarla y superarla.”

 

Si negamos la política como solución a nuestros problemas, otros vendrán que negarán la existencia misma del problema y crearán más problemas a aquellos sufridores del problema original que, aun marcando a todos la existencia, otros muchos se lo quitaron de encima comprando sus bulas cuaresmales.

 

        

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