Estoy leyendo El holocausto español,
de Paul Preston, publicado por Debate. Preston dice, en la
introducción, en el capítulo (tan anglosajón) de las gratitudes: "(...)
Gabrielle [su esposa] es la única que conoce el coste emocional que ha
supuesto la inmersión diaria en esta crónica inhumana". Cuando uno entra
en el libro puede imaginarse a Preston, gran amigo de España y de los
españoles, enraizado en esta tierra por la vía del sentimiento y de la
amistad, sufriendo aquella historia que cuenta. Pues el libro es, desde
el principio, reflejo de su subtítulo: Odio y exterminio en la Guerra Civil y después.
Preston parte de la construcción del odio, que fue sistemática, primero
parcial y luego prácticamente generalizada, para explicar en seguida
las consecuencias exterminadoras de ese odio. Cifras de la represión
aparte, lo que sobrecoge aún hoy, quizá porque esos flecos difamatorios
que se pusieron en marcha se pueden detectar ahora también, es la
manipulación que subyacía, desde la prensa y desde el púlpito y también
desde los escaños parlamentarios y los mítines, para azuzar las bases
del odio hasta la desvergüenza. Recoge Preston este parlamento de un
cura de Castellón, en plena construcción del odio hacia lo que suponía
la República en cuanto ésta empezó a legislar de manera que la Iglesia
católica consideró lesiva: "Hay que escupir y negar hasta el saludo a
los republicanos. Debemos llegar a la guerra civil antes de consentir la
separación de la Iglesia y el Estado. Las escuelas normales sin la
enseñanza religiosa no forjarán hombres, sino salvajes". Joaquín Beunza,
parlamentario vasco-navarro, siguió una línea parecida en otra
argumentación que recoge Preston y que contiene una larva entonces
habitual, la larva de la que nació la Guerra Civil: "¿Somos hombres o
no? Quien no está dispuesto a darlo todo en estos momentos de
persecución descarada, no merece el nombre de católico. Hay que estar
dispuesto a defenderse por todos los medios, y no digo por los medios
legales, porque a la hora de la defensa todos los medios son legales".
José María Gil-Robles, el jefe de la CEDA, manifestó el primer día de
1932: "En este año de 1932 hemos de imponernos con la fuerza de nuestra
razón y con otras fuerzas si no bastara. La cobardía de las derechas ha
permitido que los que en las charcas nefandas se agitaban hayan sabido
aprovecharlo para ponerse al frente de los destinos de nuestra patria".
Después de una venganza perpetrada por sus hombres en un pueblo
extremeño, el director general de la Guardia Civil, José Sanjurjo, luego
golpista, arremetió contra la diputada socialista Margarita Nelken:
"Lamentó [recoge Preston] que se le hubiera permitido ser diputada
parlamentaria ´siendo extranjera y judía, circunstancia ésta que le daba
una especial calidad como espía`". Por las venas del libro recorre como
un escalofrío un lenguaje que no es propio tan solo de aquella época,
pues allí no se enquistó el odio, el deseo del mal al otro, sino que
transcurrió y pervive como se lee hoy mismo en medios que siguen
azuzando como señuelos de su inquina los mismos estandartes que entonces
se exhibían para acabar con la existencia de la República y, lo que es
peor, de los propios republicanos, todos y cada uno. El estandarte decía
entonces Religión, Patria, Familia, Orden, Trabajo y Propiedad,
palabras con las que Acción Nacional, creada por Ángel Herrera Oria, el
fundador de El Debate, el periódico católico militante, irrumpió en la vida nacional para declarar "la batalla social" contra la República
por iniciar "el exterminio de esos principios imperecederos". "En
verdad", explicaba el manifiesto de Acción Nacional, "ello no se ha de
decidir en un solo combate; es una guerra, y larga, la desencadenada en
España". El primer Gobierno de la República acababa de instalarse y ya
estaban ahí esos clarines del miedo, que luego ensombrecieron, poco y a
poco hasta que la oscuridad fue total, la vida española con una guerra
cuyo sustrato fue el odio. Seguiré leyendo el libro, y ojalá ustedes lo
lean también.