No suelo responder a los comunicantes que escriben con seudónimo o desde el anonimato. Porque es como si hablaras sin verle la mirada al que te escucha. Pero hoy voy a hacer una excepción, que ni es la única ni será la única, imagino. Y es que en el post anterior ha entrado un amable comunicante a ponderar el artículo que he escrito en EL PAÍS de hoy sobre la sentencia que condena a Miguel Ángel Rodríguez por los insultos (EL insulto) que profirió contra el doctor Luis Montes, anestesista del Hospital de Leganés. Sugiere el comunicante que debería decir lo mismo de María Antonia Iglesias y de otros tertulianos, imagino que se refiere a los tertulianos del programa La Noria, de Telecinco. Aunque creo que en algunos artículos ocasionales de los que hago para las páginas de Televisión de mi periódico, cuando están ausentes los titulares, me he referido a esos tonos agridulces y altisonantes, y en general despectivos de lo que debe ser la naturaleza del diálogo, sí debo decir por qué me parece más grave lo que representa Miguel Ángel Rodríguez. En general, esos tertulianos (María Antonia Iglesias entre ellos, ya que el comunicante la cita, pero hay otros muchos) discuten y se ponen a caldo uno frente al otro, a veces ante la mirada complaciente y otras veces ante la mirada preocupada (eso quiero entender) de Jordi González, el moderador, o el que tendría que moderar. Habitualmente ese griterío que protagonizan va contra terceros, es decir, contra gente que no está presente, personas públicas y en concreto políticos, pero muchísimas veces va contra ellos mismos; se llaman farsantes, mentirosos, se dicen de todo, y unos se defienden mejor y otros se defienden peor, unos gritan más, otros gritan algo menos, pero dirimen sus diferencias ahí, no hay otros daños colaterales, aunque a veces el dañado por ese tono faltón es el telespectador, qué duda cabe. En ese mismo programa (como bien dice el juez que condenó a Rodríguez) el ex portavoz del Gobierno de Aznar insultó de manera reiterada y con un insulto que la cultura del siglo XX convirtió en el peor de todos los insultos (Nazi) a un hombre que había sido puesto en el punto de mira por el partido al que el insultante periodista pertenece. Fue aún peor su intervención en 59 segundos de TVE. Ahí reiteró sus argumentos (?) con una sola palabra, la palabra Nazi. No es correcto que estas cosas queden impunes, y el juez hizo bien en tomar cartas en el asunto. El blog de hoy de Miguel Ángel Rodríguez añade a la injuria que ahora le penaliza el juez, pues Rodríguez arroja una nueva herida sarcástica que hace brotar en los pies de las televisiones y del propio Montes: ¿por qué no le dan el derecho de réplica a Montes, por qué no le dieron la oportunidad de defenderse de lo que él mismo dijo en esas teles? La ironía, decía Pemán, es peor que el fascismo, y de eso don José María sabía muchísimo. Rodríguez no es Pemán, no sabe usar la ironía, por eso prefirió el insulto. Y cuánta ironía le haría falta a esos que discuten; ironía contra sí mismos también, para no entender que lo que sale de sus bocas es tan grave o tan importante como para ser dicho como si fuera un grito y un mandoble del que el otro se tiene que defender para demostrar que tiene, ay, lo que hay que tener.
Juan Cruz