Añade este código entre las etiquetas head de tu web:
El diario digital de Extremadura
Miércoles, 29 marzo 2017
Actualizada el: 00:11
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Félix Barroso Gutiérrez
Martes, 14 febrero 2017
LA PINGOLLA

FILIBUSTEROS

[Img #54623]A Casto Martín Martín le trajeron al mundo entre Santiago Martín Martín, al que todo bicho viviente conocíamos como Ti Santiagu “Dalea”, y Petra Martín Cáceres, llamada por el vecindario Ti Petra “El Cucu”.  Arribó a este chato planeta cuando aquel Alejandro Lerroux García era Presidente del Gobierno de la Nación, con la aquiescencia de las derechas de la CEDA, las que capitaneaba el reaccionario y ultracatólico  José María Gil-Robles y Quiñones de León. Corrían los años del “Bienio Negro”. Cientos de cedistas se camuflaron tras una camisa azul a inicios de la Guerra Civil y se dedicaron a apretar los gatillos, limpiando furibundamente villas y lugares de “indeseables y apátridas rojos”.  Lerroux, después de fundar su Partido Republicano Radical (1908) y llevarlo por los caminos de la exaltación radical y populista (en el sentido peyorativo de ambos términos) y hacer gala de un anticlericalismo violento, acabó por confundirse con las huestes de la derecha más ortodoxa y en apoyar a los franco-fascistas que se sublevaron contra la II República.

 

     Nuestro paisano Casto, nieto paterno de Ti Demetrio Martín Jiménez y de Ti Ezequiela Martín Esteban no tuvo mucho tiempo para ir a la escuela.  Sería durante el servicio militar cuando aprendió las cuatro reglas.  Fue emigrante en Barcelona y terminó, al cabo de muchos años, regresando al pueblo.  Cuando más intimé con él fue a raíz de que le cortaran una pierna.  Él se defendía solo dentro y fuera de su casa, a lomos de una silla de ruedas.  En una ocasión, al resguardo del hostigo de la lluvia de febrero en un corral destartalado y con húmedo olor a boñigas, me recitó, con voz muy a propósito, la “Canción del Pirata”, de mi eternamente admirado José de Espronceda.  “Yo de siempri he síu algu pirata -me decía con una sonrisa cómplice, sabiendo que yo también tenía mucho de ello-“.  “Me jidu aprendel esa puesía el cabu que moh daba ehcuela en la mili.  Me l,aprendí en un pimpán.  Me guhtaba muchu y me veía cumu reflejau en ella.  Ahora, cuandu m,han cortau la pierna, me tenía que ponel una pata de palu, pa sel pirata del tó, pero pirata cumu el de la puesía, no d,esuh ótruh pirátah bucanéruh y filibuhtéruh qu,eran únuh canállah y únuh creminálih”. 

 

     Hablando con el nieto materno de Ti Manuel Martín Barroso y de Ti Laureana Cáceres Sánchez, me cercioré que, a raíz de haber devorado el poema de Espronceda sin indigestarse, leyó mucho sobre el mundo de la piratería.  Estaba muy puesto en la materia.  Me contaba que estaba enamorado de Anne Bonny, la guapa y legendaria pirata irlandesa, que la veía en sus sueños y que todavía no perdía la fe en ir un día a visitar su tumba, en Charlestón (Carolina del Sur, EEUU).  Cada vez que me veía, declamaba en alta voz:

 

                                                 “Que es mi barco mi tesoro,

                                                 que es mi dios la libertad;

                                                 mi ley, la fuerza y el viento;

                                                 mi única patria, la mar”.

 

     Por aquellos recientes años, andaban ya revolcándose en el lodazal tramas tan pútridas como el Caso Nóos, la Operación Campeón, el feo asunto de El Palau de la Música, o aquellos otros casos de los ERE,s falsos, la Gürtel, el Palma-Arena o el de Cooperación, por citar algunos.  A Casto se le revolvían las tripas y llamaba a todos los imputados y acusados “facinerosos filibusteros”.  Sabía muy bien el amigo Casto “El Cucu” (heredó el apodo de su madre) que no era lo mismo “pirata” que “filibustero”.  Lo de “pirata” venía del verbo griego “peiraoo”, que venía a significar algo así como “intentar la fortuna en las aventuras”.  “Filibustero” tenía más que ver con el término neerlandés “vrijbuiter”, refiriéndose a aquel que hace botín sin alejarse de la costa y que siente miedo a navegar mar adentro.  Y, ciertamente, filibusteros son todos esos que, acusados de cohecho, fraude, asociación ilícita o blanqueo de capitales (no alargaremos la lista), mafiosos de la trama Gürtel, acaban de ser condenados a penas que van desde los trece a los tres años de cárcel.  Ahí están todos esos amiguetes o militantes del PP, llámense Francisco Correa, Pablo Crespo, Álvaro Pérez (“El Bigotes”), Milagrosa Martínez (“La Perla”), Isaac Vidal, Rafael Betoret, Isabel Jordán, Cándido Herrero, Jorge Guarro (no podría cuadrarle mejor apellido), Ana Grau o Mónica Magariños.  Todos ellos, más otros que aún andan sueltos, junto con esos nueve empresarios que han admitido que financiaron ilegalmente al partido que asienta sus cimientos en la dictadura franquista, han puesto más que de manifiesto que la derecha de este país ya no puede echar balones fuera ni negar que su formación se financió fraudulentamente. 

 

     ¡Qué más hubieran querido todos esos condenados a galeras que ostentar el título de piratas, tal el estereotipo que nos pintó nuestro paisano Espronceda, el extremeño de Almendralejo!  Pero para ser pirata y llevar siempre una canción en los labios, hay que amar la épica y la limpieza del riesgo y del peligro al aire libre.  Hay que despreciar las “Leyes Mordazas” y ser un rebelde contra la sociedad aborregada y sin capacidad crítica y pensante, cobarde y adocenada, que calla ante los que la saquean y la manipulan.  Y hay que estar completamente limpios de tics filofascistas y de añoranzas que nos retrotraen a tiempos de filibusteros que saquearon las Indias y que, en nombre de un Imperio que caminaba hacia Dios, implantaron una sanguinaria y tormentosa dictadura sobre el suelo patrio.  De ello tendría que dar cuenta don José García Lobato, alcalde de Almendralejo por el PP, que no ha tenido vergüenza en asistir en un homenaje que se rendía a Peregrina Millán Astray y en el que se honraba la figura de su padre, José Millán Astray y Terreros, un golpista y espadón fascista que daba “vivas a la muerte” y “mueras a la inteligencia” y que desempeñó el cargo de Jefe de Prensa y Propaganda durante el represor régimen franquista, tal que aquel Joseph Goebbels en el Tercer Reich.  Tres hombres llamados “José” y que poco o nada se parecían a aquel José “El Carpintero”, el de la Biblia, con el que mantuvo relaciones sexuales su mujer, María, la hebrea hija de Ana y Joaquín, según acaba de afirmar la monja dominica y catalana sor Lucía Caram, y que ha hecho rasgarse las vestiduras a todos los meapilas, dogmáticos y guatimañas del orbe.  ¿Qué pensaría Espronceda de su paisano José García lobato, que también acaba de decir recientemente que la portavoz del PSOE de su Ayuntamiento, Piedad Álvarez, es “como la zorra, que cambia de pelo pero no de costumbres”?  Junto con Juan Antonio Morales, diputado regional del PP por Badajoz, y con Antonio Pozo, alcalde del mismo partido en ese pueblo que todavía continúa llevando el remoquete del dictador (Guadiana del Caudillo), ambos homenajeados por la fundación “Francisco Franco” el pasado 2 de diciembre, conforman un trío que, según muchos, ofrece una imagen vergonzosa de nuestra tierra extremeña.  Y los tres, tan anchos y tan panchos dentro de instituciones que, si en verdad fueran realmente democráticas, no formalmente, ya hace días que les hubieran dado la carta de despido.

 

     Casto Martín, nuestro amigo, no llegó a tiempo para ver cómo las guillotinas democráticas caían sobre las cabezas de algunos de los que solazaron en las ciénagas de la podredumbre.  Casto caía un 18 de marzo de 2013 y no en la batalla de Alepo, que en esa misma jornada se añublaba por primera vez con los atosigantes venenos de las armas químicas.  Caía para no levantarse jamás casi a la misma hora que lo hacía el escritor, guionista y director de cine y televisión Alfred Henry Bromell, mientras las campanas repicaban llamando a la misa en memoria de San Leobardo y San Frigidiano.  Se nos fue el compañero sin haberse puesto la pata de palo ni haber visitado la tumba de  Anne Bonny en Charleston.  Pero se largó contento por haber interiorizado aquella “Canción del pirata” que tanto le insufló su amor por la Libertad.  La que le inclinó a despreciar los bienes materiales y a luchar porque fueran repartidos entre los que menos tienen.  Y la que le instó,  a corretear, mientras pudo, tardes enteras entre alcores, serrejones y penillanuras cuajadas por mares de encinas, en contacto directo con la madre naturaleza (madrastra algunas veces), y a amar, comprender y respetar la hermosura de unos ojos tan inmensos como el océano y unos labios como esos corales tan rojos que se hallan en los fondos marinos y rocosos.  También el rapsoda que se nos vino con su bohemia a cuestas entre la vaharina del invierno  sigue inmerso en sus piraterías, luchando por la utopía (no hay cosa imposible sino la muerte) y rimando versos entre sus sueños.  ¡Oh de las bellas piratas que jamás renuncian a ser libres, cual las aves planeando bajo los celestes e infinitos firmamentos!

 

                                                     De reencarnarme, lo haría en Espronceda:

                                                     ¡Oh mi honesto y leal revolucionario!

                                                     Jamás de las mujeres vil corsario,

                                                     sino pirata que entre ola y ola rueda

 

                                                        y a los pobres regala raso y seda.

                                                     Si hubiera sido él, diría mi anuario

                                                     que tus labios besé en calavernario

                                                     y jamás te ofrecí en almoneda.

 

                                                        Tal que él, con amor te habría hecho presa

                                                     y llevado en bajel a mi jardín.

                                                     Un rapto consentido, mi princesa.

 

                                                        Yo y mi ron, pendón negro y mi delfín,

                                                     y tú mi piratesa, cual Teresa,

                                                     bogando del uno al otro confín.

                                         

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de participación
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
DigitalExtremadura.com | El diario digital de Extremadura • Términos de usoPolítica de PrivacidadDONDE ESTAMOS
© 2017 • Todos los derechos reservados.
Powered by FolioePress