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El diario digital de Extremadura
Miércoles, 29 marzo 2017
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Salvador Calvo Muñoz
Jueves, 23 febrero 2017
Cartas acehucheñas

LAS CARANTOÑAS

[Img #54752]Me dice usted que si alguna vez me dieron miedo las carantoñas y que qué sé de ellas. Vamos por partes. Miedo no, pavor; naturalmente en la tierna infancia. Muy, pero que muy infante sólo oír el tamboril y la flauta y ya se le ponían a uno de punta los pocos vellos que tenía; cuanto más si desde la puerta de casa veía aparecer por alguna esquina de la calle a alguno de aquellos endriagos el día de la fiesta por excelencia del lugar: San Sebastián.

 

En un principio eran monstruos, y nos lo creíamos; luego ya empezamos a oír que eran hombres, y eso apagaba un poco el miedo. Algo había que hacer para mitigar  y vencer aquel pánico infantil. La solución fue Amador Salgado “Amadorín”, el abuelo de Miguel y de Amador, que por ahí andan. Hay que contar la breve anécdota.

 

“Amadorín” era como de casa y su mujer, tía Lucila, lo mismo. El día del tamborilero, 19 enero, indefectiblemente Amador aparecía por la tarde en casa y se sentaba en el comedor hasta bien entrada la noche. Allí estaba tres o cuatro horas de cháchara con mi padre o con quien estuviese alrededor de la camilla. Y fumaba. Aquello era un rito.

 

Primero tiraba de librillo y petaca para liar el cigarro. Picadura de bote, se entiende. Tardaba un rato y luego venía la tarea de encenderlo. Usaba yesca, pedernal y eslabón. Algunos, muchos, sobre todo jóvenes, que lean esto se preguntarán que qué son esos archiperres. Yesca es una determinada planta silvestre que una vez seca se junta y arde despacio. Huele muy bien. El pedernal es una piedra de cuarzo que al ser golpeada con el eslabón de acero, suelta chispas, las cuales prenden la yesca. Amador aplicaba la punta del cigarro a la yesca y aspiraba bocanadas de humo. El cigarro se apagaba con frecuencia y había que volver a encenderlo. Cuando se consumía del todo, vuelta a empezar con uno nuevo.

 

A lo que estamos. ¿Y a qué iba Amador la víspera a mi casa? A por la piel de la loba para ponérsela al día siguiente cuando se vestía de carantoña. La loba que mató mi padre por ahí por el Arenal de Marisantos en los años cuarenta. Aquella piel estuvo muchos años en el suelo debajo de la mesa de su despacho, y de allí no se movía sino para que la usara Amador en su disfraz de carantoña.

 

De modo que como Amador lo era, lo que había que hacer era ir a su casa, en el barrio del Cristo, a ver cómo se vestía. Y fui.

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