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El diario digital de Extremadura
Domingo, 26 marzo 2017
Actualizada el: 18:21
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Félix Barroso Gutiérrez
Jueves, 16 marzo 2017
LA PINGOLLA

RECORDATORIOS: LA MILI

[Img #55130]El psicólogo y filósofo humanista alemán de origen judío Erich Fromm se preguntaba “¿por qué la sociedad se siente responsable de la educación de los niños y no de la educación de todos los adultos de todas las edades?”  Pero nuestra tribu sí que era, en cierto modo, perenne responsable de todos sus miembros, desde su nacimiento hasta su muerte.  En aquellos años, sí que confirmaba aquella otra frase que soltó el escritor francés Daniel Pennec: “¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!”

 

 Llegado que era el tiempo de cumplir el servicio militar, la tribu se volcaba con aquellos hijos que, en la mayoría de los casos, era la primera vez que salían fuera de su pueblo o su comarca.  Para muchos, los que subsistían labrando sus pegujales, puede que no hubiera una segunda vez.  Para los que tenían que arrendar la fuerza de sus brazos, seguramente habría otras salidas a la siega por tierras castellanas o por la Extremadura latifundista.  La tribu agasajaba al quinto invitándole a comer en las matanzas familiares y entregándole chorizos, huevos y algunas pesetas.  De estas últimas, no muchas, como me contaba Juan García García, al que conocían en el lugar como Ti Juan “El Dios”:  “Antóncih corría pocu la monea, que cuasi ni lah tenían loh que  presumían de sel  loh más riquínuh del pueblu”.  Ti Juan “El Dio” “sirvió a la Patria” (esta frase siempre la acuñaban los más hacendados y que hoy forman las élites de la derecha por nuestras villas y lugares) vistiendo el uniforme de los Regulares, allá por tierras africanas.  Poco le sonaban las monedas en el bolsillo al hijo de Ti Félix García Rodríguez y de Ti María García Calvo, el que naciera un mes de diciembre de 1925, siendo la efemérides de San Misael y San Esturnio.  No hacía ni media docena de años que había finalizado aquella guerra civil provocada por unos alocados y genocidas generales, apoyados por las derechas y los más ricos y poderosos de la sociedad española de aquel tiempo.  Años de hambre y miseria.  “Dicin que jambri que ahpera jartura, no eh jambri ninguna –me refería el nieto paterno de Ti Vicente García Palomero y de Ti Petra Rodríguez Hernández.  “¡Peru ni jartúrah ni óhtiah!, que en el cuartel de loh Regulárih pasé máh jambri que el perru de un afilaol.  Hahta lah móndah de lah patatáh las cogíamuh y las cocíamuh con un pocu de agua y de sal y moh lah jincábamuh que daba guhtu”.

 

También a los de mi quinta nos tocó perder miserablemente un año de nuestras vidas marcando el paso en los patios de los acuartelamientos.  Hambre no pasamos y algunos regresaron a sus pueblos más gordos que tejones.  Pero la ausencia de libertad y el sentirte un cero a la izquierda y un títere en manos de suboficiales chusqueros u oficiales con estrellas estaba presente cada hora y cada día.  No era extraño que por la cosa más nimia, algunos mandos de carácter avinagrado o medio alcoholizados le soltasen un sonero bofetón a mozos hechos y derechos. ¡Y encima algunos tenían la osadía de afirmar que “en la mili nos enseñaban a hacernos hombres”! Lo único bueno que algunos nos llevamos al licenciarnos fue la amistad trabada con otros “reclusos” de aquellos caserones donde “sobraban cojones y mandaban los galones”.  Amistades que aún perduran, como la que personalmente mantengo con el profesor abulense Seve Sánchez Jiménez, hasta hace poco director de un instituto de secundaria en Bilbao.

 

Durante puñados de años, los hijos de las clases bajas integraban la carne de cañón que era masacrada en los mataderos de nuestras guerras coloniales.  De eso saben muchos todos aquellos Borbones que precedieron a la Segunda República: abuelos, bisabuelos y tatarabuelos del ciudadano que, sin elección democrática alguna, asume hoy en este país la Jefatura del Estado. Los hijos de los ricos se libraban pagando el “rescate”.  Su padres entregaban un rimero de duros y quedaban exentos de milis y de guerras.  La Primera República abolió las quintas por ley el 17 de febrero de 1873, pero aquello fue tan efímero como lo fueron los gobiernos de aquella bocanada de aire fresco que vino a poner coto a los desmanes borbónicos.  Y la Segunda República mandó al infierno el afrentoso “rescate” en 1931, teniendo que pasar por el aro todos los mozos, sin distinción de clases sociales.  En 1996, el presidente derechista José María Aznar Lopez (PP), necesitado de apoyos para formar Gobierno, se alió con la derecha nacionalista catalana (CiU) y acordaron la supresión del servicio militar obligatorio y la plena profesionalización de las Fuerzas Armadas.  El 1 de enero de 2002, a la par que entraba en circulación el euro, cesaban totalmente los llamamientos a filas.  Pero el espíritu y la filosofía que sigue impregnando a la gran mayoría de los grandes espadones que tienen la voz de mando en nuestros cuarteles dista muy poco de la concepción franquista acerca de la descerebrada, centralista y férrea Unidad de la Patria (patria que para algunos se encuentra en los paraísos fiscales y en las banderitas rojigualdas que llevan en sus pulseras o adheridas a las carrocerías de sus flamantes bólidos).  Y el Ejército Español forma decidida parte del “establishment” nacional y europeo, por lo que es defensor a ultranza de los intereses de la Casta:  los todopoderosos que manejan los hilos del mundo.

 

 Recientemente, Suecia, un país no alineado con bloque alguno, ha vuelto a introducir el servicio militar obligatorio, que había sido suprimido en 2010.  Todos los jóvenes nacidos después de 1999 tendrán que ir a la mili.  La coalición de derechas “Allians för Sverige” así lo ha considerado oportuno.  Increíble que un país que lleva más de dos siglos sin confictos en su territorio tome tales decisiones, con la banal excusa de que ha cambiado el contexto geopolítico y de que el oso ruso está aguzando sus zarpas.  Parece como si los derechistas gobernantes suecos quisieran quebrantar el Tratado de Hamina, firmado el 17 de septiembre de 1809, mediante el cual Suecia debería ceder Finlandia a los rusos.  Pero lo más extraño de todo es que un 70% de los ciudadanos suecos, gente pacifista donde las haya,  apoya que los jóvenes vuelvan a coger el petate y empuñar las armas.  Parece ser que Francia camina por la misma senda, ya que más de un 80% de sus residentes opinan lo mismo que los suecos.  ¡Ojo al parche!, que bien dice el refrán que “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar”.

 

No sabemos cuántos españoles desean que volvamos a las andadas.  Ti Juan “El Dio” me decía una tarde de explosiva primavera, al pie de “La Junti Lugal”, que “a lo mejol era güenu que jidieran tóh loh quíntuh la mili, lo mehmu áltuh que bájuh, górduh que flácuh y rúbiuh que morénuh. toh pol igual y sin recomendaciónih, que asín abajarían lah líhtah del paru.  Peru, ¡ojo!, sin jarreal lah óhtiah que daban, que un soldau eh una persona y se mereci tó el rehpetu del mundu”.  Otros, como la formación emergente, transversal e imbuida de una izquierda cargada de épica, poesía, romanticismo y ciertos aires milicianos y libertarios, no han tenido pelos en la lengua y han dejado muy claro el Ejército que quiere: profesionales armados, con un compromiso cívico y democrático, jamás subordinados militarmente a los bastardos intereses de la OTAN, que suelen responder a geoestrategias del imperialismo.  Igualdad de todos los miembros de las Fuerzas Armadas, desaparición de la Justicia Militar, supresión de privilegios, reforma integral de la carrera militar, eliminación de las puertas giratorias entre Defensa y la Industria armamentística, desaparición del Régimen Disciplinario o no participar como entidad en ceremonias religiosas ni ceder sus instalaciones para fines de ese tipo.  Como era de esperar, esas definiciones programáticas han levantado el resquemor en una institución tan anclada en el pasado, tan corporativista y jerarquizada como es el Ejército Español.  Han llovido obuses de todos los calibres sobre la gente tan honestamente limpia e idealista de Podemos, removiendo más la mierda los limpiabotas de los grandes trusts mediáticos y cavernarios, con el fin de intentar juntar el cielo con la tierra y hundir en el averno a la mentada formación política, de donde, según ellos, no tenía que haber salido.  ¡Qué miedo cerval el de algunos a perder sus nefandos privilegios y a que les quiten las máscaras que llevan puestas a lo largo de toda esa Transición que no ha sido modelo de nada!

 

Al nieto materno de Ti Santiago García Jiménez y de Ti Anastasio Calvo Clemente le educó para ser hombre hecho y derecho y con pelos en el pecho toda la tribu y no la puñetera mili.  Cuando amanecía el día de Santa Bertila y San Fibicio, un 5 de noviembre de 2015, le cerraron los párpados para no volverlos a abrir nunca.  En esa misma jornada se despedían para siempre la cantante noruega Nora Brockstedt, ya nonagenaria, y el dominicano y cantante de merengue Benny Sadel, al que una leucemia se lo llevó con 55 años.  Atrás quedaron la mucha hambre y otras calamidades pasadas en un cuartel de Regulares por agrias tierras de Marruecos.  Y también quedaron para el amargo recuerdo la inutilidad y cierto ambiente sórdido de doce largos meses en un cuartel de zapadores, cuyas vivencias y delirios oníricos inspiraron al poeta que fue incapaz de romper las espesas brumas de un diciembre que ya es solo romántica añoranza.

 

                                            Mal sueño me asaltó cuando dormía.

                                           Literas en cuartel del zapador.

                                           Claro azul fue enturbiando su color

                                           y sobre mí ciclón se me venía.

 

                                              Galones me pusieron a porfía,

                                           pero yo no tenía guerrero ardor,

                                           que yo fui hombre de paz y hombre de amor.

                                           Contra aquella tempestad nada podía.

 

                                              Azules de pupilas tan amadas

                                           plomizos se volvían, cual tifón,

                                           y uñas me enseñaban, afiladas.

 

                                              Pesadilla de mala digestión.

                                           Hastío, pontones, minas, alambradas…

                                           ¿Fue el sueño, tal vez, premonición?

                    

                                  

    

    

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