Hay algunos días en los que la agenda de acontecimientos está repleta. Esto suele ocurrir, casi siempre, en primavera y a primeros de otoño. Luego, como si fueran hijos bastardos del calendario, los días de verano e invierno deambulan con la soledad de un almanaque vacío.
Hace unas semanas, me encontraba escuchando una conferencia en un conocido lugar. La ponencia se desarrollaba en un salón, con toda normalidad, pero casi a la misma hora, en el patio contiguo, estaban inaugurando una exposición de no se qué cosas. El caso es que la megafonía de dentro se mezclaba con la de fuera y supongo que lo mismo ocurría en el patio. El colmo del despropósito fue la intrusión de un operario que pretendía hacerse con una banderola promocional de la exposición que alguien había dejado, por error, en la sala de conferencias. Para espanto de todos, incluido el pobre empleado —que como se suele decir, era un “mandao”—, el objeto de deseo estaba junto a la mesa del ponente. La operación no duró más de un minuto, pero fue dramático ver al hombre cargado con la banderola intentándose abrir paso en un pasillo demasiado estrecho y golpeando, sin querer, a los asistentes a la conferencia. No puedo negar que la situación tuvo mucho de esperpéntica y algo de divertida, pero esto es lo que ocurre cuando algunas cabezas pensantes hacen las anotaciones en las agendas oficiales.
Víctor Manuel Jiménez Andrada