(Basado
en el cuento de la cigarra y la hormiga)
A veces la cordura se desvanece y va saliendo a la luz el personaje loco que todo llevamos dentro, las noches en vela me proporcionan un caudal de realidades vividas y sueños deseados, resucitando alegrías y frustraciones, decepciones y logros.
Mi niñez fue muy feliz y quizás demasiado mimada, para los tiempos que corrían,
mi mundo infantil estaba ya forjando a la joven soñadora que fui y mas tarde,
me convertí en una persona demasiado optimista que me evadía de las
austeridades, cantando a la vida, igual que las cigarras.
Con el tiempo, he visto que todo se paga, a cada momento de felicidad le sigue
otro de amargura, la razón no siempre prevalece, y cuando nos movemos por el
impulso de los sentimientos, caemos en nuestra propia trampa.
Las largas noches de insomnio me dan una clarividencia que no tengo a la luz
del día, con sus horas llenas de ocupaciones. Los recuerdos se fortalecen y
entro en una catarsis de emociones vividas y soñadas que voy plasmando en un
cuaderno, donde desgrano los sentimientos que me producen esas horas de soledad
nocturna.
Dicen que las cigarras cantan sin ton ni son – me lo dijo alguien que veía
exagerado lo mucho que canté a la vida-. Me convertí en “cigarra” a pesar de la
aversión que les tengo. La cigarra un día, dejó de cantar, vencida por las
hormigas, que codiciosas la arrastraban hasta el hormiguero,”el coloso alado” y
moribundo, aun lanzó un pequeño trovo, avisando que su canto no fue infructuoso
porque era la nota del calor estival.
Un viento ardiente se llevó sus alas. Las hileras de hormigas iban cegadas a
darse el festín, sin advertir siquiera que aquellas alas seguían su camino
hacia el infinito...