Recuerdo con nostalgia aquellas noches de mi infancia en que se nos permitía acostarnos tarde viendo en la televisión el concurso de Eurovisión. En algunas ediciones nos juntábamos los amigos en casa de uno de nosotros y hacíamos elucubraciones sobre qué canción sería la ganadora, lo guapo que era tal o cual intérprete, o los impresionantes vestidos que sacaba la presentadora. Cuestionábamos la asignación de los ten points-dix points que los jurados nacionales de cada país participante otorgaba a cada canción. La mayoría de las veces nos acostábamos con el amargo sabor de boca de ver la posición en la que había quedado nuestro representante español.
A lo largo de los años he conservado cierto cariño hacia este festival -quizás porque me remite a la infancia-, hoy mucho más descafeinado, pero con los mismos resultados para España, me temo.