Hace unos días que se han constituido los ayuntamientos democráticamente elegidos en los últimos comicios. Los ciudadanos y ciudadanas hemos tenido oportunidad, gracias al derecho que nos asiste, de votar a quienes hemos creído mejores para dirigir nuestras alcaldías y comunidades autónomas.
Hay que ser muy estúpido para no desearles lo mejor a estos representantes, independientemente de la afinidad que tengamos con su ideología política, porque está muy claro que su buen hacer irá en beneficio de la sociedad en general. Es absurdo alegrarse con las meteduras de pata, con las malas gestiones y con los errores que seguramente unos y otros cometerán en mayor o menor medida, porque en ello va también ligado durante los próximos cuatro años, lo queramos o no, nuestro propio destino y el de nuestras instituciones. Debemos dar un margen de confianza: a los que repiten porque llevan camino aprendido, aunque sea entre tropezones, y a los nuevos porque tienen la oportunidad de desarrollar su programa para mejorar lo que han heredado de sus antecesores.
Otra cuestión diferente, por muy buenos propósitos que tengamos y por muy positivos que queramos parecer, es ser ingenuos y no darnos cuenta de la incompetencia manifiesta y demostrada de algunos cargos -y eso sin contar a los imputados en causas judiciales por supuestos delitos en el ejercicio de sus funciones y demás-. Una cosa es querer lo mejor para ellos y por tanto para todos y otra muy diferente es acuñar esperanzas vanas en quienes no nos han dado otra cosa que disgustos, pero en esto consiste también la democracia. En cualquier caso, a unos y a otros, buena suerte, por la parte que nos toca.
Víctor Manuel Jiménez Andrada