ALERGIAS VARIAS Y FLORIDAS PRIMARIAS

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Desde que soy alérgica a las gramíneas la primavera es sinónimo de lagrimeo, malestar, asfixia, dolores de cabeza, somnolencia inducida por los antihistamínicos… vamos, que verme a mí en estas épocas es una pena. Ni el ojo me puedo pintar para ir a hablar de libros a Peñaranda, feliz de la vida junto a mi cuentista de cabecera, Miguel Ángel Malo, quien tiene que soportar a una presentadora medio ahogada, cruzando dedos y pies para no irrumpir en estornudos de esos que dejan a los cohetes de Corea del Norte como meros petardos. Les aseguro que no hay nada más agradable que hablar de un libro que uno disfruta, de un autor al que se admira, y todo desde ese deseo de compartir lo que se ama y a la vez, animar a los presentes a leer, a disfrutar de aquello que te ha emocionado. Una presentación requiere admiración, disfrute, el trabajo –que en mi caso es ímprobo- de pintarte el ojo, de mostrar tu mejor cara, de entregarte… y todo sin sentir que vas a perecer en público ahogada intentando no estornudar, tragándote  los mocos y boqueando. Les aseguro que es un esfuerzo titánico, y todo mientras tienes los ojos hinchados y rojos, la nariz despellejada de tanto sonarte y los labios secos porque ya no sabes por qué orificio respirar… vamos, un espectáculo. Desde que soy alérgica, mis alumnos tienen que soportar a este engendro de la naturaleza durante un mes y medio, pero primero, están avisados, algunos lucen peor que yo y además, a estas alturas del curso ya ni me miran ni me oyen… eso sí, el que tiene la peor parte de este fracaso de la farmacopea –me medico, señores, claro que sí, pero ya ven, como si nada- es mi chico, que les aseguro tiene que convivir con una especie de máquina de vapor defectuosa que resopla, moquea, lagrimea, está perenemente dormida y cuando no lo está, luce un malhumor espantoso producto de esforzarse por respirar. Vamos, un cuadro. No hay nada más sexy que una alérgica en pleno despliegue primaveral de pantalones cortos, blusas escotadas y flores abiertas, nada. A mí me ofrecen una cita romántica con flores, velas y champán y les aseguro que me duermo a las primeras de cambio después de apagar las velas de un ataque de estornudos causado por las flores y, por supuesto, tras disculparme muy educadamente por no sentir más que un profundo sopor inducido, claro está, por el dichoso polen y no por el enamorado en cuestión. Les aseguro que lo mío es tan fuerte que no necesito ni índices de acumulación de polen, salgo a la calle y ya está, me dan ganas de regresar a la campana de oxígeno y confiar en la lluvia o en la escafandra.

Visto lo visto, no les extrañe que esta semana no hable de las primarias de la rosa –estornudo- ni de los viajes de Macron a lucir su palmito –hasta en el desierto hay polen- ni las barrabasadas de Trump a quien los árabes ricos le van a decir cuatro cosas. Lo siento, no tengo ánimo ni para el charco pútrido de la Comunidad de Madrid ni para los desplantes de los políticos catalanes y menos para la moción de censura a mayor gloria de Pablo Iglesias. Nada, lo mío es el pañuelo y el ahogo permanente. Me disculpan y mientras, me voy a leer a mis autores favoritos porque no estoy para nadie, no lo duden, y no me envíen flores, por favor.


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