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THE CROWN. LA CORONA NOTICIAS. ¿Y PARA QUÉ SIRVE LA MONARQUÍA?

THE CROWN. LA CORONA NOTICIAS. ¿Y PARA QUÉ SIRVE LA MONARQUÍA?

¿Y para qué sirve la Monarquía?

Las relaciones humanas tiene un denominador común: “el Principio Monárquico” que es la autoridad, la potestad o ambas capacidades que a una persona se le reconoce como consecuencia de su valor simbólico y representativo por su edad, experiencia, primogenitura o ejemplaridad. El Principio está presente en todos los modos étnicos o demóticos, superando el paso del entorno étnico/familiar al demótico/social cuando se produce el denominado “Hecho Social Total”, que no es otro que el momento en el que se expresan a la vez y de golpe toda clase de instituciones que se revisten de autoridad y potestad: las simbólicas, las religiosas, las jurídicas, las familiares y las políticas, integradas en un único sistema. (Mauss M. Sociología y Antropología)

Por eso el Principio Monárquico aparece desde las tribus de Oceanía, hasta los clanes escoceses, pasando por los incas o los aztecas. Todo tiene el mismo origen, un padre, aunque existen organizaciones matriarcales, al que los hijos le reconocen autoridad y potestad, capacidades que se extienden desde el abuelo a los nietos y desde el tío a los sobrinos cuando la relación étnica crece aumentando el número de miembros.

Cuando esa relación se establece sobre una función económica, sobre un territorio y su rendimiento, sigue una persona ejerciendo la autoridad y la potestad, pero las relaciones son ya también de dependencia social y económica y no todos los miembros del grupo comparten sangre. Así aparecen los jefes, luego reyes de los pueblos, fijándose la sucesión en la posición de mando en el ámbito de una familia, a lo sumo de una gran familia, repitiéndose el proceso aun cuando se procedía a la sustitución traumática de una familia por otra, dado que el grupo consanguíneo emergente repetía miméticamente las reglas de sucesión de sus antecesores con escasas modificaciones.

El mayor rango del Principio Monárquico lo es desde los nacientes Estados en el siglo XV y XVI hasta la revolución francesa en el siglo XVIII; detenta sin duda el símbolo, la autoridad y la potestad, si bien los fue perdiendo en sucesivos pasos, una veces traumáticos, como en Francia, otras veces pactados, como en Gran Bretaña. De la monarquía absoluta a la monarquía limitada, de ésta a la monarquía parlamentaria, como en España, y finalmente como ya ocurre en el Reino de Suecia y en el Imperio del Japón, a la monarquía simbólica y representativa. Cuando el Principio Monárquico pierde la función de gobierno y poder político, autoridad y potestad, que adquirió en las sociedades mesopotámicas y que comenzó a declinar con la toma de la Bastilla, recupera y adquiere nuevamente todo su valor más importante, el simbólico y representativo, encarnado en una persona viva, que lo soporta positivamente en función de un ejercicio basado en la ejemplaridad y que es continuo, dado que el Rey no muere nunca, pudiendo morir la persona que sostiene la Corona, pero nunca el Rey, que rejuvenece y renace con visos de inmortalidad en cada generación.

Es este un valor superior, no reñido con la democracia ejercida para determinar el poder político del que no forma parte, que puede recuperar determinadas posibilidades de autoridad en momentos de peligro o de inestabilidad y que es aplicable en todas las tipologías étnicas y demóticas indicadas. Desde la posición del abuelo o abuela frente a hijos y nietos, aun cuando estos son legalmente mayores de edad, tienen constituidas sus pequeñas familias y también son económicamente independientes, hasta el monarca de un reino. En momentos de crisis o supervivencia, de la familia o del estado, del conjunto en definitiva, siempre renace la referencia, el llamado, la esperanza y el refugio que supone quien encarna el valor simbólico y representativo del colectivo.

En ambos casos, el mínimo ejemplo étnico y máximo ejemplo demótico, la referencia es la misma y la aplicación del Principio Monárquico insuperable – siempre que esté abrazado a la ejemplaridad de las personas físicas que lo encarnan –  y es insuperable porque tiene connotaciones mágicas y afecta a las creencias morales, a los valores éticos y religiosos, consustancial al hecho antropológico de la descendencia biológica, la inmortalidad de la especie de la que antes hablábamos; sostenido sin duda en todos los ámbitos de las relaciones humanas, en todas las épocas y en todas las latitudes terráqueas. Por eso en la tradición europea y asiática no hay cuento de niños sin príncipe o princesa, rey o reina, y por eso; porque en cuestión de símbolos y representación no se vota, usted se llama Iglesias Turrón, en herencia dinástica que no pudo elegir libre y democráticamente.

Pero los españoles si hemos elegido libre y democráticamente una forma de Estado, que yo deseo académicamente que avance hasta la Monarquía Simbólica y Representativa, al modo de Suecia o Japón, y que arranca en su legitimidad en el año 409 de nuestra era, pues la monarquía instaurada de la dictadura franquista desaparece sin dejar huella, el 29 de diciembre de 1978.

En mayo de 1977, renuncia al trono de un Rey; en junio del mismo año el Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Presidente de la República don José Maldonado y el Excelentísimo Señor Presidente del Gobierno don Fernando Valera emitieron la declaración conjunta de París, “la Declaración conjunta de la Presidencia y de la Presidencia del Gobierno de la República Española en el Exilio” que reafirma la legalidad institucional de la Segunda República y la validez de las elecciones de 1931, 1933 y 1936,que ha estado en el exilio en espera del libre ejercicio de los derechos civiles por los españoles. La Declaración elogia el proceso electoral constituyente de 1977 esperando que marque un nuevo proceso que cree una nueva legalidad democrática y acaba manifestando que las instituciones de la República en el exilio ponen así término a la misión histórica que se habían impuesto y quienes las han mantenido hasta hoy se sienten satisfechos porque tienen la convicción de haber cumplido con su deber; Por último en noviembre de 1978, otro Rey, también conocido como “Carlos Hugo” solicita el voto positivo para la Carta Magna; es decir un Rey de España solicitando el favor del pueblo para un texto que consagra a otra persona como Rey de España, el gesto es insuperable, muy desconocido y menos agradecido. ¿Cabe mayor legitimad histórica?

Con ello se podrá ser republicano por rancio prejuicio ideológico, pero no por otra cosa, manifestando innumerables afirmaciones ningún rigor académico y científico; y sí mucho interés en hacer la peor política.

La referencia final es la ejemplaridad, valor máximo del Principio Monárquico en la actualidad, sea para un Padre o sea para un Rey; pues bien Su Majestad el Rey don Juan Carlos fue ejemplar en sus funciones institucionales y constitucionales, mucho se ha buscado, con ganas, y nada se ha encontrado; Su Majestad el Rey don Felipe VI lo está siendo; y la que será Su Majestad la Reina doña Leonor II así obrará también.

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