Enrique Carrero, Quique Zani

El Zani, último trago en la Madrila Alta

Paco de Borja, 28 de enero de 2026.

Hay bares que no cierran: se apagan despacito, como quien baja la persiana del alma para que la luz no moleste a los recuerdos. Y luego está El Zani, que se nos va con la dignidad de los que nunca presumieron de nada y, sin embargo, lo dieron todo.

Cuarenta años o así —que en Cáceres son ya una geología sentimental— entregados por Enrique Carrero, Quique para los suyos, y su hermana Pilar, la maga silenciosa de los fogones. Ambos hicieron de la Madrila Alta un territorio pequeño, honesto y cotidiano donde la vida sabía a tapa de siempre, cerveza fría y conversación de barrio.

En tiempos de gastrotemplos de postureo, ellos siguieron apostando por la hostelería modesta, la que se aprende con manos curtidas, madrugones y la retranca justa para sobrevivir a todos los lunes.

¡Cómo cocina Pilar!

Eso habrá que escribirlo siempre con admiración y un punto de hambre. Sus guisos, sus tapas, ese olor que se te pegaba a la memoria como una canción vieja. Y mientras, Quique en la barra, perfecto cronista con su retranca y su libreta, atento al cliente, al vecino, al viajero, al que viene a tomarse un respiro más que una caña.

Porque en El Zani uno no entraba: uno volvía. Ese era el secreto.

La parroquia fija; los ocasionales que siempre encontraban hueco; los cacereños que sabían que allí el tiempo se ablandaba, que el tardeo tenía liturgia, que la noche olía a barrio, no a franquicia. Era un sitio donde las despedidas siempre iban a juego: gracias y sonrisa, como si ninguna otra forma fuese moralmente aceptable.

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Enrique Carrero, el rey del Zani

Ahora que se despide el Zani, el barrio siente un pellizco. Los bares que nos acompañan desde jóvenes no se cierran: se nos mueren un poco. Pero también queda el regusto —sabroso, hondo, sentimental— de aquellos ratitos que uno no sabía que estaba atesorando.

Enrique, te vas con la faena hecha. Y bien hecha.

La jubilación te llega como les llega a los personajes auténticos, más bien cacereñinos del día a día, que han sabido aguantar el tipo: a pecho descubierto, con las manos gastadas y la sonrisa lista para estrenar otro capítulo. Has ganado el derecho a la calma, al paseo lento, a la cerveza sin prisa. Y también al homenaje que el barrio, esta Madrila Peña del Cura pegaíta a ti, y viceversa,  te firma, sin pancartas ni discursos: la memoria agradecida de quienes encontraron en tu casa un rincón de vida auténtica.

Ojalá esta tu nueva etapa sea larga, luminosa y vivida con el mismo amor con el que levantaste cada día esa barra que tantos consideraron su refugio.

 

Porque El Zani no se pierde. Se queda en nosotros.

Gracias Quique. Larga vida, rey.