SONIDOS DE LA MEMORIA ITALIANA

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 La
memoria, esa fuente en la que codificamos, almacenamos y evocamos la
información del pasado, nos retrotrae, de cuando en cuando, a un tiempo ido. A
veces, es un sabor, un olor, un paisaje que creíamos olvidado;  una comida que no habíamos vuelto a probar;
una canción que nos trae gratos recuerdos; un nombre en el olvido; un sonido de
la memoria.

 

            Almacenamos hoy, en fotografías y
videos, la imagen retrospectiva, ya ida, y, a la vez, la vera imagen de lo que
alguien dijo y fue. Imágenes y sonidos de la memoria que, junto a sus escritos,
hacen perdurable en el tiempo la memoria de quienes se fueron y quedaron
inhumados en el inconsciente.

 

            Ayer, releí y canté con Jimmi
Fontana su canción quizá más conocida, “El mundo”(1965), tras leer la
noticia de su muerte en el periódico. Y con él y con su canción más conocida,
recordamos la ilustre nómina de la década prodigiosa italiana (1960-1970) que,
como la española, la edad de oro del pop español, transformó entre 1964 y 1968
las señas de identidad musicales de toda una época.

 

            Cantaba Jimmi:

 

            “No, esta noche no, yo no he
pensado en ti/ Abrí los ojos para ver en torno a mí,/Y en torno a mí giraba el
mundo/Como siempre… /Gira,
el mundo gira, en el espacio infinito,
/ Con amores que comienzan, con
amores que se han ido…/ El mundo no se ha parado ni un momento,/Su noche
muere y llega el día y ese día vendrá…”

 

            Me dormí con la radio puesta y me
desperté con el mismo sonido de la memoria: una emisora tornaba a poner su
canción, la canción de Jimmi Fontana, que hacía realidad su presentimiento y
deseo en “Una vieja canción italiana”: “Escucharás
una radio que suena lejana,/Cantará una vieja canción italiana.”

 

            Un sonido de la memoria nos
retrotrae, indefectiblemente, a otros, próximos o lejanos: una noche de
primavera, a bordo de una góndola veneciana, le pedí al tenor que acompañaba al
acordeonista y al gondolieri que cantara
la canción de Charles Aznavour: “Venecia sin ti”, el único sonido
asociado a la ciudad de los leones que recordare en ese momento. Entendió;
habló con el acordeonista, y principió a cantar:

 

            “Qué profunda emoción/Recordar
el ayer/Cuando todo en Venecia me hablaba de amor./Ante mi soledad/ En el
atardecer/Tu lejano recuerdo me viene a buscar/Qué callada quietud/Qué tristeza
sin fin/Qué distinta Venecia si me faltas tú…”

 

            Recordare yo a mi padrino, Celedonio
Hernández, elevando a los aires a su primera nieta, hija de su primogénito Miguel,
en la plaza de la villa de la que fuimos desterrados, Granadilla,  llamándola “Reina de Inglaterra”,
mientras las mujeres, que hacían punto, calceta, y remiendos, a la sombra de
las moreras, cantaban con Leo Dan, “Fanny” (1963): “Jamás podré
olvidar/la noche que te besé/
Estas son cosas que pasan/Y es el tiempo quien
después dirá…

 

            Italia romántica es, además de un hermoso
viaje por su bellas ciudades, un paseo por la década prodigiosa de sus
canciones. ¿Quién no recordare a Salvatore Adamo y “Mis manos en tu
cintura”: “Y  mis manos en tu cintura/ Pero mírame con
dulzor/Porque tendrás la aventura/De ser tú mi mejor canción…” Y a Adriano
Celentano, en “Chi non lavora, no fa l´amore (Quien no trabaja, no hace el
amor); a Umberto Rossi; y a Rafaella Carrá, que popularizó en Italia y España,
canciones  como “Fiesta” y
“En el amor todo es empezar”. Albano y su esposa Romina Power enamoraron
a millones de italianos y españoles con “Felicitá”
“Libertá” y “Siempre, siempre”. Gigliola Cinquetti transgrede
las normas de la época hispana con su “Non ho l´etá per amarti” (No
tengo edad para amarte), con la que gana el Festival de San Remo, junto a
Patricia Carli, en 1964, y dos meses después gana Eurovisión con la misma
canción. Iva Zanichhi — tres veces ganadora de San Remo (1967, 1969, 1974) nos
recuerda en 1971 a las “espaldas mojadas” y la guerra de fronteras en
su canción “La orilla blanca, la orilla negra”: “Y por el río
pasa la frontera/ la orilla blanca, la orilla negra,/Y sobre el puente veo una
bandera/Mas no es la misma que está en mi corazón…”. Nicola di Bari,
ganador de San Remo en el 71 y 72, nos enamora con su baladas de oro: Domenico
Modugno, considerado el padre de los cantautores italianos, sorprende al mundo
con su “Volare” en 1959. Rita Pavone nos evoca el mar en “Sapore
di sale, sapore di mare” (Sabor de sal es el sabor del mar) y nos recuerda
la soledad de las mujeres el domingo por el fútbol que apasiona a los hombres
en  “La partita di pallone” (El
partido de fútbol): “Por qué, por qué/Los domingos me dejas siempre sola/Para
ir a ver el partido de fútbol/Por qué, por qué/Alguna vez no me llevas a mí
también…” Patty Bravo señalaba a los machistas que consideraren a la
mujer como una bámbola (1968): “Tú me haces girar…/Como si fuera una
muñeca…/No, muchacho, no/Tú no me meterás/Entre las diez muñecas/Que ya no te
gustan/Oh no, oh no…” Cuando llueva a cántaros. no solo recordaremos a
nuestro Pablo Guerrero, sino a Gigliola Cinquetti en “La pioggia” (la
Lluvia): “La lluvia/ No moja nuestro amor/Cuando el cielo es azul./ La
lluvia/La lluvia no existe/Si me miras tú./ Tira el paraguas, amor/Que ya no
sirve más/Ya no sirve más, si estás tú…”


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