PERIODISMO Y POLÍTICA

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 No
podría entenderse la política sin el periodismo, ni el periodismo sin la
política. El periodismo es política; el periodista es un animal político. El
periodismo traduce, interpreta, amplifica la política; el político sirve al
pueblo aprovechándose del altavoz periodístico. Nada sería el político sin el
periodista; quizá tampoco, el periodista sin el político. “Peculiar
relación, complicada a veces, necesaria siempre
“, la ha definido el
presidente de la Asamblea en un concilio de periodistas en Cáceres. Periodismo
y política se funden en pareja de hecho y derecho, a su pesar. No existirían el
uno sin el otro. En los empieces de la Cámara extremeña, el orden del día lo
fijaban sin pretenderlo, ni usurparlo, los periodistas. En “Ruegos y
preguntas”, bastare leer el periódico para llenar el continente de
contenido. No hubieren sus señorías dedicación exclusiva y los periodistas
ejercieren por ellos la conjugación que les une: lo que preocupa en la calle,
las respuestas que desea el pueblo. El periodismo anticipa la realidad; el
político, alejado muchas veces de ella, camina detrás, alargando la respuesta.
Los reglamentos dilataban el tiempo. La política llegaba tarde; las leyes se ven
sobrepasadas por la realidad del tiempo.

 

            Difícil equilibrio de poderes el de
la política y el periodismo. Los políticos temen a los periodistas, aun
necesitándolos. Todos hemos sido amenazados por una publicación molesta con
querellas criminales. Y no hubieren razón, porque las grabadoras recogieren sus
palabras y las del contrario.  El
silencio de los políticos (ruedas de prensa sin preguntas, no hablar de un
asunto de actualidad hasta apagar la llama encendida…) revela su temor al
periodismo incisivo, independiente, que no matrimoniare con nadie. Otros
hubiere que pretendieren comprar su voz: que el periodista transmita no la
verdad, sino “su” verdad, que no fuere la que necesitare el pueblo;
que sirva no el interés de aquel, sino sus propios intereses, como si fueren
señores medievales con derecho a pernada. Pues, ¿a quiénes debieren servir unos
y otros sino al pueblo y su verdad? La ética debiere marcar el fiel de una
balanza que a unos obliga a tener la verdad como norte y a otros, el reproche
como cruz. El político es delegado de la soberanía popular; el periodista no
solo es cronista de su ejercicio, sino fiscal del pueblo ante el político
díscolo, incumplidor, corrupto en su misión. El respeto entre ambos se supone;
pero este no debe eludir la crítica que no complace ni la información que no
conviniere dar. “Sensu contrario”, no debiere un periodismo, hoy tan
al uso, sobrepasar los límites de unos principios que convierten la ética en un
comercio impropio de la profesión.

 

            La libertad de opinión y expresión
no tienen más confines ni límites que los indicados en la ley: donde principia
mi derecho, no termina el tuyo; donde comienza mi libertad, convive con la suya.
El respeto, recíproco; la libertad, entera. El periodista, en su lugar; el
político, en su sitio. La verdad y el respeto como norte y guía. No fueren
libertad de información las medias verdades, la ocultación de la verdad misma, enemiga
del periodismo, cautivas del político. En unos subyace la objetividad
subjetiva; en otros, la subjetividad partidista, el interés del partido y
electoral frente al general, intentando tapiar las alamedas sin fin para que el
pueblo pasee en la libertad conquistada. 


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