VIVE GRANADILLA

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 Faltan dos años para su medio siglo de destierro (1965-2015); pero
Granadilla vive aún. Vive en la memoria de sus hijos, desperdigados por toda
España y Europa; vive en la experiencia de los 50.000 alumnos que ha recibido
su Programa de Recuperación; vive en la memoria de los vivos y en el descanso
eterno de sus muertos, que volvieren a su tierra a la espera del día del Juicio
Final; vive en el silencio del recuerdo de quienes jamás volvieron a su pueblo;
vive en la memoria colectiva de los hijos y nietos nacidos en el exilio
forzoso, a quienes abuelos y padres transmitieron la memoria de la tierra y los
muertos; vive en la memoria derramada de sus hijos, muertos fuera, pero
esparcidas en las calles de los juegos de su infancia por sus deudos; vive en
la eterna memoria de Guillermo González Rivero, “El Capi”, allí
enterrado en la tumba que él mismo se construyere, el primer emigrante forzoso
por el hambre y el que más hiciere por su pueblo en los últimos años de su vida;
vive en la memoria de las hijas de Jovino Garzón y Victoria Jiménez, fallecidos
todos a primeros de este año, que de allí partieron, ya casados, para construir
su vida y crear una familia, ya en la memoria, en las fotografías y en su
corazón.


            Vuelven
todos por los Santos, vísperas de difuntos, para reencontrarse con la villa
perdida, de la que fueren arrebatados, para recordarles a ellos, la infancia y
la adolescencia perdidas, apenas la madurez alcanzada, las nupcias celebradas;
sin tierra ya para cultivar, alquiladas a la Confederación, las expropiaciones
satisfechas; las aguas del embalse crecientes que hicieron aflorar los restos
que reposaren en el antiguo cementerio.


            Granadilla
fue llanto, dolor y lágrimas desde finales de los 50 hasta el 65: todo el
pueblo en la plaza, en las despedidas interminables a los que partían –¿a
dónde: a qué pueblo, ciudad o país…?–, memorando las verbenas en la plaza,
las capeas en vísperas de bodas, sus pocos años en la escuela, los juegos de
niños en la plaza, su paseíto en las afueras, los escondites en el castillo, la
trilla en verano, los viajes a por el agua a la fuente de la Aldobara, y a
Zarza, el pueblo hermano de derecho, y a Plasencia, la benéfica ciudad de
acogida, estaciones de tránsito y de servicios más próximas, junto al
ferrocarril de Casas del Monte, que a tantos llevare un día para cumplir con la
patria, a la capital de un Reino desconocido, pero visitado un día de finales
de junio de 1922 por su rey, Alfonso XIII, camino de su viaje a Las Hurdes.


            Día de Todos
los Santos y la Granadilla viva visita a sus difuntos, santos todos, anónimos,
miembros de una comunidad, familia, pueblo, que nos precedieron en el camino de
la vida y de la fe, y que gozan ya del cielo; vísperas de Difuntos (día 2), de
oración, recuerdo y ofrenda a familiares y amigos. “Memento homo, quia
pulvis eris et in pulverem reverteris” (Acuérdate, hombre, que polvo eres
y en polvo te has de convertir), que la Iglesia recuerda al inicio de la
Cuaresma; pero la muerte no es el final, cantan nuestros soldados a los caídos,


“porque
muriendo vivimos

vida más
clara y mejor”

 

según la letra de su autor, Cesáreo Garabáin Azurmendi,


“que
aunque morimos no somos,

carne de
un ciego destino.”

 

            En la
festividad de Todos los Santos, vísperas de Difuntos, Granadilla vive en sus
hijos desterrados, en sus santos y difuntos porque, como recordare el citado
himno,


“nuestro
destino es vivir,

siendo
felices contigo,

sin
padecer ni morir.”

            


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