HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS

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  Alguien
indolente e indecente habrá sido el inventor de la crisis, digo yo. A nadie se
le escapa que los sistemas económicos se crean después de un conglomerado
engranaje de alta precisión científicamente organizados para evitar su fracaso
y se sustentan a través de premisas complejas predispuestas para la consecución
de un determinado fin. La crisis no es otra cosa que eso: una idea de cambio y
limpieza general en el sistema financiero, tal vez notablemente enfurecido por
las bajas cuotas de rentabilidad y porque el invento provenía necesariamente
del encargado de la limpieza, que aprovechará la nueva institución en un
beneficio propio.


            Las
consecuencias negativas son datos palpables y vividos en primera persona por un
incalculable número de ciudadanos, nunca tenidos en cuenta en la nueva fórmula.
Ese es el principal fallo: olvidar las consecuencias. En todo proyecto se
estudian los pormenores, la publicidad, los medios, el fin y las consecuencias.
Si estas se presentan como más nocivas que su creación, como inidóneas en su
implantación y como generadoras de virus sistémicos capaces de ocasionar un
desorden colectivo de endeudamiento, el proyecto se desestima.


            Aquí
ocurrió lo contrario, desde la consigna del olvido de las consecuencias se
proyectó un cambio de afectación mundial, deshumanizado, desleal, ilegal e
ilícito, que ha destruido la vida, a costa de un crecimiento patrimonial para
sus inventores y alentadores.


            Nadie
ha pagado aún por el error, a nadie se le ha imputado penalmente por esta
barbarie. Como si un loco hubiera creado un veneno que hubiera sido capaz de
eliminar a los pobres del mundo, por ejemplo; como si algún loco hubiera usado
sus resultados de laboratorio en un importante alimento para desnutrir al
sector de la población que le hubiera venido en gana. El lumbreras de este
maldito sistema también es un loco que aún anda suelto y a quien pronto veremos
recibiendo el consiguiente premio por su labor en pro de la humanidad. Y
nosotros abocados al hambre hasta que la muerte nos separe de ella. Me
enfurezco, no sé por qué escribo de estas menudencias.


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