RESONANCIA MAGNÉTICA

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Agapito Melitón Mozart. Ese nombre leyó una enfermera en voz alta con la risa a punto de estallar mientras recorría con su mirada la sala de espera tratando de ver quién sería el portador de ese nombre compuesto.

El paciente no se hizo esperar, había aguardado un año para la prueba y por fin vería su sueño cumplido, así que enseguida se puso en pie y acudió a la llamada de la sonriente sanitaria del pijama verde. Tras haberse desvestido de medio cuerpo para arriba y una vez despojado de todo objeto metálico, pasó a una sala grande donde le esperaba otra enfermera con una jeringuilla en la mano. Le pidió que se tumbara en la camilla que presidía el centro de la sala para posteriormente ser introducido en el tubo para la prueba. Pero primero le iban a inyectar por vena un líquido llamado contraste sin aparente riesgo para su vida, solo muere una de cada cien mil personas más o menos así que no había motivo para alarmarse. No obstante, le hicieron firmar unos papeles, por si acaso, mientras le explicaban que ese líquido ayudaría a mostrar con mayor claridad los intersticios y recovecos del cerebro. De ese modo podían detectar cualquier anomalía.

Por fin le introducen en el tubo. La prueba ha comenzado.

Aquello es toda una orquesta de percusión. Primero oye sobre su cabeza el sonido de un pájaro carpintero con pico de acero, luego el fuelle de un herrero, un taladro con broca de cobalto taladrando hierro… Un martillo neumático llega haciendo gala de su ritmo acompasado a sus ya maltrechos oídos. Agapito cuenta el tiempo para que aquello termine pero aún falta por llegar la cuna.¡Y no se debe mover!
Un ruido de elevada intensidad hace acto de presencia, el sonido le recordaba al de las cunas de madera antiguas cuando se mecían y eso le produjo verdadero horror porque recordó de pronto que, siendo pequeño, le encomendaron la aburrida  tarea de mecer la cuna de un primo bebé que no dejaba de llorar y del ímpetu con que lo hizo, porque no había forma de callarle, le lanzó despedido cual hombre bala y le mandó al campanario de la iglesia. Al bebé no le pasó nada porque hizo de colchón una cabra que, nadie supo por qué, estaba  en la torre en ese momento mirando a un gitano que, desde abajo, tocaba la trompeta subido en una escalera. Aunque el niño se salvó milagrosamente, a él dieron orden de alejamiento.

Por fin le sacan del túnel, Agapito estaba como en éxtasis, en su cabeza había empezado a asociar todos los sonidos, las dos notas musicales con ritmo de cada herramienta, la métrica, la armonía… y así, a lo tonto a lo tonto, compuso el remix de la 5ª Sinfonía.

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