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LAS ABECEDARIAS ROTATIVAS DE LA SANGRE

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[Img #35359]El oleaje del tiempo tal vez se habría detenido, esa
tarde, en el sosiego del Hotel Ritz, mudo testigo del odio callado y ardiente
de la guerra de tres años como tres siglos. Yo esperaba a Elfidio Alonso,
personaje fascinante, segundo director de Abc cuando “todo en Abc es ahora
republicano”. Todo quedaba ya tan lejano, la Cibeles cubierta de tierra, las
hojas mustias, los álamos testigos del carnaval sangriento, las fachadas con el
estigma de las balas, toda esa furibunda melodía de la pólvora, alaridos y ayes
de muerte, siempre la muerte con su enigma en los rincones más insospechados; y
la maldad y bondad del hombre – en la guerra, siempre surge -. Aquellos
pulmones ensangrentados de las rotativas, con la tinta roja del dolor y las
linotipias de sangre.

Esa tarde esperaba a un testigo relevante “de las dos
Españas”, aquel joven periodista de treinta años, estudiante de Medicina en La
Laguna, pálido rostro de tuberculoso, inquieto espíritu de quien llegaría a
Madrid, “rompeolas de todas las Españas”, gracias Machado; que Elfidio Alonso
arribaba a Serrano – entonces 55, después 61 -, sede abecedaria, sin pistola,
un sueldo de mil pesetas, emolumento similar al que cobraba, en esa época, un
diputado. Únicamente el misterio del destino le habría abierto aquellas
puertas, hechas de lujo. Haré, querido lector, un paréntesis. Yo llegué, por
primera vez, al diario monárquico, en compañía del mítico periodista Andrés
Revesz, personaje enigmático,  muy
parecido por su cabellera a Stokowky y Rubenstein y, físicamente, a Bertrand
Russell, inconfundible en las recepciones, cortés y un poco cursi. Cuánto se
podría contar de él y su memoria prodigiosa. El doctor Marañón le decía:”Tiene
usted los tejidos de un muchacho de veinte años”.


Digo que esperaba impaciente a Elfidio Alonso, en la
solemnidad del Ritz, y aquella figura se acercaba a mí como si me hablara la
Historia. “Aquí, en este hotel, murió Durruti”. Yo lo sabía y, en cierta
ocasión, me había citado con el historiador Huges Thomas. En el momento en que
Elfidio se sentó frente a mí, sentía la mirada de la Historia, oía los tiros de
la contienda incivil, y me venía a la mente la checa de García Atadell, a un tiro
de piedra del periódico, en la que llamábamos la calle de la Ese – Martínez de
la Rosa -, como si los alaridos y las atrocidades humanas me mostraran al Goya
más puro y descarnado.


[Img #35360]Elfidio era consciente de que ponía sus pies sobre un
suelo mítico – el de ABC -, consciente de que su figura se movía entre una
leyenda, y lo percibirá hasta en los obreros más revolucionarios; y busca una
orientación más acorde con la línea de los lectores de ABC. El no renunciará,
por ejemplo, a defender la legalidad democrática “y a no camuflar nuestro
insobornable republicanismo”. “Los problemas con la familia Luca de Tena – me
diría – acabaron el mismo día que entré como director del periódico. En la sala
grande donde está la estatua de Torcuato – proseguiría – se hallaban redactores
y otro personal en posturas de poca educación, comiendo bocadillos de sardina y
poniendo todo perdido. A Torcuato le habían puesto un cucurucho de papel en la
cabeza. Cuando entré – prosigue – me encaré con todos y les dije que si estaban
ahí era gracias al esfuerzo de aquel hombre. Desde entonces, cambiaron de
actitud y se portaron correctamente.”


En el remanso histórico del Ritz, caían sus palabras como
sentencias, consciente de que sabe qué ha vivido y cómo lo ha vivido y mis ojos
enmarcarían su figura, la fotografiaban, consciente de ese daguerrotipo y
cuánta vivencia habitaba en él, parte de esa estampa bélica, plasmada en el
fragor de la batalla, en el caos de explosiones y tiros. Y aquel Julián Marías,
que empezaría su colaboración en el mes de septiembre del 36, invitado por
Elfidio Alonso, “hermano de una fraternal amiga mía”. Marías firmará a veces,
especialmente al final de la contienda; y cómo no Julián Besteiro por el que
Elfidio tendría una gran admiración. Algunos de sus textos se perderán por las
ondas explosivos del cielo madrileño. Elfidio escribiría para las dos zonas,
“con el fin de conseguir que el final de la guerra fuese el comienzo de una
nueva etapa creadora, algo que pudiera llamarse paz”.


[Img #35358]Seguía sus palabras como si emanaran de aquella locura,
del volcán de una lava furibunda, que, tal vez, la Naturaleza hubiera
enloquecido y un aliento apocalíptico manara de un cielo infernal, el hombre se
hubiera trastornado y viera en su rostro el fin del mundo. En ese ambiente, su
llegada hasta el periódico era tan absurda como peligrosa. Ante él siento que
mi piel palidece por más que unas notas melódicas nazcan de las manos mágicas
del ángel negro que toca el piano. Y cómo late el corazón de Antonio Machado,
herido por el enfrentamiento de las dos Españas, “una de las dos a de helarte
el corazón”.


A veces, la tarde o la mañana se hacen tan breves, que
nos deja un poco huérfanos y, con su relato, Elfidio me llevaría a un ambiente
trágico, a una ciudad – capital del dolor – teñida por la sangre, a pesar de su
moderación periodística. La aventura republicana de ABC y aquella aventura en
la que nadie cree, empezando por Manuel Azaña y su visita de cortesía. “Creo
que su empeño no va a tener éxito – le dice -, y la empresa que usted acomete no
vale la pena”. Ya en la desbandada, coincidirá con él, meses más tarde, en
Barcelona y, tras cambiar impresiones, Azaña se limita a sonreir.


JULIAN MARIAS VIAJABA EN EL TRANVIA “46”.


En la galera abecedaria de esa época, Marías era un joven
de veinte años y tendría un recuerdo que se marcharía con él, a pesar del
tiempo transcurrido. En aquel tranvía “46” que le llevaba de Moncloa a la
Ciudad Universitaria pulsaría la idiosincrasia de la gente, y vería, por
ejemplo, a una “¡mujer preciosa, elegante, bien vestida!¡Una maravilla! El
conductor la miró con odio. Vio en ella una enemiga de clase, una aristócrata,
una burguesa, ¡qué sé yo! Y, tras una especie de fulguración, yo dije: “Estamos
perdidos! ¡Cuando Marx puede más que las hormonas, estamos perdidos! Lo malo es
qué acerté… “. En resumen, Marías vendría a decir que la vida no valía nada.
Era tal la politización que se exclamaba “qué horror han matado a un falangista
o a un comunista”. Y la gente decía:”¡Ah, bueno!”. A eso se había llegado. Eso
es lo que llamo politización.” 


LA LARGA MARCHA A SERRANO 55


Quizás las manos del pianista se hayan dormido sobre el
teclado y Elfidio me retrae a una ensoñación goyesca, a la larga travesía desde
su casa de la calle del Marqués de Cuba hasta Serrano, 55. Qué odisea. El coche
que conduce la bella actriz Conchita Montenegro y que le lleva al diario, se
detiene, a cada instante, ante el alto de los milicianos. Cuando alcance la
plaza de Cibeles y se identifique, unos milicianos le escoltarán hasta la sede
del periódico, porque, de lo contrario, sufrirá constantes detenciones. En la
puerta del diario, le espera el obrero, que obedece por Lapiedra. Este se toca
con el gorro de miliciano y, el día de su llegada, nada más verlo, le dice:
”Camarada, ¿qué quieres”; y Elfidio se presenta y le dice que no vuelva a
llamarle de tú”. Lentamente iría desgranando aquel período bélico. La portada
de ABC del 7 de noviembre, y  el goyesco
“Coloso”, y la marcha “al Levante feliz”; y tantos otros episodios.


Todo esto lo va desgranando Elfidio Alonso como quien
bucea en el ancho mar de su memoria, tan manchada por la muerte y  la sangre, en aquellas linotipias y rotativas
teñidas de rojo y dolor, en esa nave inmensa del periódico – que conoce mis pasos
– y que cantaba un requiem y se escuchaba en La Castellana; y la efímera
historia de cada día, llegaba a los ojos de los lectores, en ese tiempo, en el
que doblaban las campanas y mañana en la batalla piensa en mí. Esa puerta donde
tantas veces he dejado mis pies y he oído un murmullo de olla hirviente, y el
lejano eco poético y estentóreo de León Felipe y su poema: ”Por qué los hombres
hablan alto.” Así, hasta que un día, emprendería el camino del exilio, tras
perder todo contacto con el diario de sus hora amargas en Valencia; y su éxodo
durísimo en un cuerpo afectado de tuberculosis – cuantos editoriales escribiría
postrado en la cama -. Ahora caminaría sobre la nieve y hasta corre peligro de
muerte. Entonces, surgirá el milagro del legendario futbolista del Barcelona,
Samitier, que le salvaría la vida; y Elfidio Alonso decidirá quedarse en Santo
Domingo, en plena dictadura del general Trujillo. Ironías del destino, pone en
marcha el periódico “La Nación”.


Cuando estaba frente a mí, tranquilamente, admiraba la
serenidad de Elfidio, su vida densa y cuasi trágica, amenizada, al final de sus
días, por el conjunto canario de “Los Sabandeños”, dirigido por su hijo.


Al finalizar nuestra conversación, me fui, paseando, a la
calle del Marqués de Cuba, donde había vivido Elfidio Alonso, sentí tal alucinación,
que los sueños de la razón engendran monstruos y Goya apareció en mi mente; y
dudaba qué me había ocurrido en la placidez del Ritz.


Un día hablamos telefónicamente y me diría: “Ya espero…;
ya sabes”. Y le dije:”Il mare /il mare e no pensare a niente”, Leopardi. O, lo
que en román paladino, significa:”El mar / el mar y no pensar en nada”.




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