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LA PENICILINA Y EL CAFE “VIAJABAN” EN AUTOBUS

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[Img #35578]Siempre habría un alma en pena en el hogar de Florencio
y Teodora. Hasta dudo si pegarían ojo, conscientes de que ellos abrirían el
pórtico del día a la esperanza. Sólo, desde allí, gracias a su “autobús de
línea”, habría una posibilidad de alcanzar la civilización, de resolver un
trámite burocrático, quizás una consulta al médico, qué se yo, la ida y el
regreso a Plasencia, la “ut placeat ad Deo ad hómine” o, dicho en román
paladino: “Para agradar a Dios y a los hombres”.  Dadme ese hogar, en Villanueva de la Sierra, y
alcanzaría el destino; no importaría la hora para lograrlo: “Hay otros mundos y,
sin embargo, están en esté”.

El hogar de Florencio y Teodora era la casa
encendida, como si Luis Rosales, hubiera buscado el título a sus hermosos
poemas en aquellas estancias y, especialmente, con el alba, en la hoguera de la
chimenea, donde ardían troncos de encina y las llamas nos hipnotizaban. Todo
esto ocurría en los años de posguerra – los llamados “del hambre” -, cuando aún
se veían rostros verdes en los hombres – por la hierba de los prados – y no
disimulaban la pena tan hundida en los ojos.


Desde aquella curva, similar a la del Duero en
Soria, sin embargo pétrea, cercana a la laguna, en el Egido, se “abría” el
mundo a lo que llamamos civilización. Al autobús se le  conocía por “la empresa” e iniciaba su marcha
desde Torre de Don Miguel – en pagos de Sierra de Gata, con su inmenso árbol,
ya desaparecido – hasta Plasencia, cuando el sol encendía el mundo y los ojos
se despertaban, de vez en vez, aún manchados de penas por la guerra, sobre unas
carreteras de rollo y tierra, la sombra alargada del “maquis” que surgía, por
ejemplo, en el oasis del pinar de Durán. Al volante, tío Lázaro – como se
llamaba, entonces,- y el cobrador. La “empresa” se detenía en los pueblos, en
algún cruce, y subían y descendían personajes de otra época –“no hablo de años;
hablo de épocas”. Por ejemplo: la tía Maricanda y su buen hombre Juan, por
ejemplo, llevaban, a buen recaudo – como si se tratara del vellocino de oro -,
el café portugués, olor que aún guardan, a pesar de la lejanía del tiempo, mis
pituitarias como el primer perfume fresco del día.


Qué viajeros, raros e incunables, no exentos de
misterio, iban a ese viaje de cierta o, paradójicamente, a ninguna parte, como
diría Fernando Fernán Gómez. Esa carretera se alargaba como la sombra del
ciprés o quien llora con el lejano eco de un fado,  no muy lejos la frontera portuguesa. Quién no
viajaba, tal vez, con la esperanza de la penicilina en tiempos de la tifoidea –
el tifus -. Como una muy vieja telaraña cuelga en mi memoria, mi hermano
paciente, la pena de unos ojos tristes y aquella música: “Tarará /rarará,/
tatarará, rarará…” Notas de “El tercer hombre” en la vieja radio Telefunken. El
tío Elías subirá al amanecer a la “empresa”, tal vez se santigüe y que Dios te
bendiga, abra sus caminos y, como Don Quijote, hallare buena ruta en el
machadiano “rompeolas de todas las Españas”, el Madrid de posguerra, de truhanes
y gente de malvivir, encuentres dónde encontrar la panacea a los males… y
llegues hasta “Chicote”, en la Gran Vía. Toda esa época, “Tiempo de silencio” –
Martín Santos -, y el miedo a caballo, de los jinetes rabiosamente verdes,
lejanos ecos de la Guardia Civil de los tiempos del Duque de Ahumada, están muy
tatuados en la mirada de mis pupilas.


Nuevamente, regresarían durante esa época los
pícaros para sortear el arte de vivir, no muy lejano “El escándalo del
estraperlo” de la época republicana y la figura de Alejandro Lerroux; y quiso
Dios que Elías hallare, en ese oscuro mundo de posguerra, el Bar Chicote, en la
Gran Vía madrileña. Aquel Perico Chicote que entraría en la orla del mito; y  sería símbolo de una época y su local por
donde se oían las pisadas de Ava Gadner, deslumbrante su belleza; y Heminway,
que mostraría su rostro inconfundible; y Sofía Loren su escultura de carne y de
modelo; y la vida desprendía un pálpito gracias a los cocteles de Chicote y a
la beldad de las mujeres. En ese oasis de “El rey de la Gran Vía”, entre
cocteles y cuerpos deslumbrantes, la vida quedaba oscurecida por el
daguerrotipo goyesco de una España solanesca, negra y moribunda. Allí Elías,
¡olé tú aventura! con su talla campesina, encontraría el elixir para que, en mi
casa, la pena desprendiera el vuelo del grajo y resplandeciera el sol tanto
tiempo oculto, como un Guadiana de ojos negros. Quizás, el gran Alexander Fleming
hubiese saboreado ya los cocteles de Chicote, con aquella humildad suya y aquel
paseíllo por la piel de toro entre ovaciones y besamanos de lágrimas, como el
diestro más grande del orbe, capaz de haber acabado con el tifus. Hasta el
famoso médico, Jiménez – Díaz había sobrevivido a una neumonía gracias a dos
gramos de penicilina. Con ese descubrimiento, el sencillo y elegante Alexander Fleming
había revolucionado el planeta y había cantado tantas alegrías sobre millones
de seres llamados para el luto.


Y Chicote se convertiría en la Meca del antibiótico
– eso sí: de estraperlo – mientras fuera reinaba la historia de una España
hambrienta de pena y luto, de estraperlistas. Por ejemplo: el legendario “El
Grabado” en Barcelona. Este personaje acabaría con los estraperlistas en la
Ciudad Condal, cuando él  figura en la
“lista de honor”. Qué haría Elías, aquel hombre sencillo de pueblo para, con
ese “vellocino de oro”, devolvernos la alegría y la vida de mi hermano, cuando
aún seguía sonando la música del “Tercer hombre” y la bombilla de la sala había
perdido su palidez. Gracias a Fleming, hombre sencillo y humilde: ”Yo no he
hecho otra cosa – decía – que tratar de ponerme en el camino de mi deber”.


Somos hijos de nuestra época, de aquella carencia de
posguerra, de la picaresca y el estraperlo – no olvidar a Alejandro Lerroux -,
de los pellejos de aceite y las bestias cargadas, camino de Castilla – “de
Castilla el trigo, pero no el amigo”-. Qué España…”Españolito / que vienes al
mundo /, te libre Dios. /Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
Gracias, Antonio Machado; y te dejaré unas rosas en el padre Duero, junto a la
ermita de San Saturio o en uno de tus olmos.


Pensar en aquel viejo camión, lleno de pellejos y,
encima, un hombre bien cubierto de mantas y un médico en la cabina, ardid para
soslayar la incautación y burlar en la noche a los jinetes rabiosamente verdes
o lo que es lo mismo la Guardia Civil. O entretener a la Fiscalía, con unos
cafés en el casino y, entretanto, se trasladaba la mercancía en la casa de un
pueblo a otra vivienda. Todo era tan lorquiano, que hasta la luna colaboraba y
se escondía entre las nubes para que la noche fuera más negra, como un grabado
de Goya. Que eso y algo más serían “los años del hambre”, cuando mi abuelita,
por temor a la fiscalía, llevaba el pan oculto a unos pobres y hasta se
arrojaban los pellejos de aceite del molino Cimero a los huertos aledaños.


Eso eran los pueblos con sus gozos y sus sombras; más
estas que aquellas. Cómo no sus fatigas. Eso sí, más vertebrados. Quizás Ortega
gritaría hoy “¡los pueblos en pie!”. De nada le habían servido las provincias.
Esta civilización la ha partido un hacha y la alimentan unos “vecinos”
deslumbrados por la cuadrangular caja de Pandora o por el opio del balón, que
ha suplido al viejo “Pan y toros”. Antes – y me olvidaré de las coplas de Jorge
Manrique -: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, por ese
“menosprecio de Corte  y alabanza de
aldea”, transcurría la vida de otra suerte. No digo ni peor ni mejor, pero sí
diferente. A pesar de ese tiempo de silencio, gracias al matrimonio de Teodora
y Florencio y su hijo Felipe – y esto lo sabe muy bien mi  pariente, el buen doctor, Eduardo Corchero -,
a sus buenos oficios, por ejemplo, tendríamos comunicación, gasolinera, pan y
el pueblo sería fruto de una diversidad y convivencia, más rico y creativo, más
diverso, por tanto. Quizás Burke me susurre al oído: ”El pueblo que jamás mira
atrás, hacia sus antepasados, tampoco mirará adelante, a la posteridad”. Qué
mal se ha vertebrado este país llamado España.



 

 


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