LA EXTRAÑA ESQUELA DE LA MADRE DE FRANCO

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[Img #37529]No recuerdo quién decía “que no te has muerto, si tu esquela no aparece en “Abc”. Cualquier lector de diarios, verá que, la sección necrológica del antiguo periódico de la calle Serrano, aún en los tiempos que corren, ingresa pingües dineros por la publicación de las esquelas. Para los jóvenes de ahora, salvo excepciones, la figura de José Calvo – Sotelo apenas si saben de quien se trata. La mañana del día 13 de julio del año 1936, los vendedores de prensa vocean la “Hoja del Lunes” : “¡El teniente Castillo, asesinado por los fascistas!”. Días de sangre y odio. Calvo Sotelo, hombre de derechas, será obligado a salir de la madrileña casa de la calle Velázquez y, mediante una añagaza, sería asesinado. En portada y, a toda página, su esquela la publica el entonces diario de la calle Serrano, es decir, “Abc”.

 

Sin embargo, quizás pasara más inadvertida la esquela de tamaño corriente que inserta el diario monárquico el día 28 de febrero de 1934, en tiempos republicanos. Como el lector verá en la reproducción de la misma, hay un hecho llamativo. Únicamente se alude a “Su viudo”, sin que aparezca, como es lógico, el nombre. ¿Y por qué no aparece?. Doña Pilar Baamonde y Pardo de Franco es la madre del entonces general Francisco Franco y, por tanto, la viuda del progenitor del general, de nombre Nicolás. Al apellido le falta la hache intercalada en Baamonde. ¿Qué escondía esta esquela? ¿Qué mundo había tras ella? La realidad, una vez más, supera a la fantasía.

 

Si alguien hablaría mal públicamente del general Franco ese sería su padre, don Nicolás Franco Salgado – Araujo, Intendente General de la Armada. En una de mis muchas charlas con mi gran amigo y primer preceptor del entonces Príncipe de España, Don Juan Carlos, Eugenio Vegas Latapié este me comentaría que, en cierta ocasión, el padre del general Franco le hablaba de sus hijos: ”El más inteligente es Ramón; Nicolás es un petardista y Paquito sigue siendo un tonto”. Así de claro. Pero, el padre no se recataría en ningún momento de hablar mal de su hijo, siempre y cuando tenía la más mínima posibilidad. Por ejemplo: en el madrileño barrio de la Bombilla, cuando conversaban en un bar tres jóvenes y lo hacían alabando la figura del Dictador. Entonces, el padre, que estaba cerca y sentado en una mesa, en voz alta, dijo:”¡Ese Caudillo es un cabrón y un chulo!”. Entonces, dos  de esos jóvenes se acercaron a la mesa donde estaba don Nicolás, ya viejo, y al acercarse les dice:”¡Si lo sabré yo, que soy su padre!”. Pagaron y optaron por irse. Don Nicolás aprovechaba cualquier momento para sacar la bilis hacia su hijo. En cierta ocasión se le detendría, borracho, por llamar a su hijo “un cabrón y un chulo”. Este don Nicolás que había abandonado a su familia y viviría, hasta el final de sus días, con una maestra – Agustina Aldana – que nunca ejerció. Durante su larga agonía, el general no lo visitaba, mientras su hermano Nicolás, embajador en Lisboa, viajaba todas las semanas a visitarlo. Una vez fallecido el padre, el General Franco mandaría que llevaran el cadáver al Palacio de El Pardo, donde los más allegados lo velarían. Dura resultaría la orden de Franco de trasladar el cadáver desde la calle de Fuencarral al Pardo. Hubo que recurrir a un pelotón de la Guardia Civil para que, por la fuerza, se lo arrebatara a la desconsolada Agustina con la que había vivido durante treinta y cinco años y que lo había cuidado hasta la muerte. Y Franco le prohibiría asistir a los funerales. Cuando el cortejo fúnebre traspasó la verja de El Pardo, Franco se dio media vuelta.

 

Cuanto de Freud se ocultaba en ese personaje singular, que había tenido un hijo en Filipinas, a los treinta y cuatro años, con una bella muchacha de catorce años, Concepción Puey, con la que tuvo un hijo, reconocido por él. Ese chico obedecía por Eugenio y acabaría sus días en la capital de España, como topógrafo del Instituto Topográfico de Madrid; y nunca le pediría un favor a Franco.

 

Cuanto se puede escribir de esta historia. Se decía que la Policía Secreta lo detenía con frecuencia por sus malos vocablos contra  su padre, pero, al saber de quien se trataba, inmediatamente, se le ponía en libertad. Aquel don Nicolás que no tragaba a su hijo, entre otras cosas, por el parecido de su hijo Francisco con la madre, buena mujer. Y Franco vería el sufrimiento de doña Pilar y se hizo valedor de ella. Y don Nicolás asistiría a la lectura del testamento de su esposa, fallecida en 1934. Hacía muchos años que el matrimonio no se veía, y llegó tarde a la lectura del testamento y, como siempre, desaliñado. Entonces, el general le presentó a Ramón Serrano Súñer.”Abogado, abogado… Picapleitos será!”. Después, al enviudar, don Nicolás contraería matrimonio civil con Agustina, y montaría en cólera cuando su hijo derogó la legislación republicana y se anularon los matrimonios civiles.

 

Don Nicolás tendría gran cariño a su hijo Ramón, cuya muerte le afectó mucho. Aquel viejo que había hecho del mundo, en esa época, un camino sobre las aguas; el  anciano que subiría, como era su costumbre, al tranvía y no metería ni un duro en el banco y un carterista le robó nada más y nada menos que sus ahorros, diecisiete mil pesetas, gran cantidad para la época. Ese hombre, lobo de mar, que lo llevaba hasta en la sangre por sus antepasados, casado con una buena mujer, viviría sus últimas horas con su adorable Agustina y se resistiría a recibir la Extremaunción, mientras quizás este Intendente General de la Armada – que con el traje militar se le velaría en el Palacio del Pardo – oyera el rumor de las olas, en sus travesía allende los mares y se despidiera del mundo con un verso de Leopardi; y a todos, con la alocución latina “Sit tibi terra levis”, que la tierra os sea leve.


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