LOS OLIVOS EXTREMEÑOS DE BOTÍN

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[Img #38743]Hecho al alivio del estío en la península de La Magdalena, la mirada descansando en las aguas de la bahía, el faro con su monóculo circular e “il mare, il mare e no pensare a niente”, de Leopardi, cuántas vivencias en el palacio de la Magdalena – hasta gozaría del privilegio de ocupar una vieja habitación de las hijas de Alfonso XIII -, el viejo patriarca del Santander, el que nos ha dejado, toda esa vivencia cercana a Puerto Chico, el incienso a un tiro de piedra de los Capuchinos, aquel Hotel Real, donde se vestía “Manolete” las tardes en que toreaba en Santander, el día en que conocí a una Infanta de España y los barquitos como si fueran de papel en esa comisura de los labios del mar con la ciudad. Este hombre de sal, “en el rompeolas de todas las Españas”, ahora ya en la tierra, lejos de la majestuosidad de la ciudad financiera y su despacho, inspirado en el complejo de Microsolft en Redmond, diseño de Kelvin Roche, que los empleados llaman “El Ovni”, futurista, por supuesto, y de ensueño. ¡Cuántas finanzas se mueven en este Boadilla del Monte, tan lejano de su pasado, cuasi de cine, que el dinero, con cerebros pensantes, crea ambientes mágicos.

 

Veía en mi paisaje regazo de Villanueva de la Sierra, pagos de Sierra de Gata, los olivos con sus aceitunas verdes, como si por allí llegaran  ecos de versos lorquianos, enamorado de sus hojas plateadas, quieta la rueda del molino, oiría el adiós a la vida de este banquero -, un antepasado suyo descubriría la cueva de Altamira -. Santander es la bella retina de la bahía y el verde papel del dinero de esta saga. Emilio Botín llevaba la cultura cántabra en su cabeza, además de su olfato singular para la banca. Su despacho, en un edificio del Paseo de Pereda, lleva el nombre del autor de la obra “Peñas Arriba”.

 

Botín haría del alfoz de Boadilla del Campo, una floresta singular, riquísima, donde un ejército de árboles y arbustos desafían la estepa castellana. Hablemos de miles y miles, un doble Retiro, un paisaje estremecedor ante la retina más inquieta, incluido un campo de golf – el más largo de España -. Ahora que tengo reciente el afecto del olivo en mis ojos, que los abrazo por mi amor a ellos, en mi alabanza de aldea y menosprecio de Corte, no hace mucho sentí una conmoción cuando se abría ante mí un ejército olivarero de cuatrocientos olivos centenarios, once milenarios, hijos de la tierra, nacidos y altivos de distinta procedencia, dígase Las Alpujarras, El Maestrazgo, Andalucía, Extremadura, doscientos de la Calabria de muchísimos años, como pebeteros grisáceos, que prosiguen su altivez en la meseta ante un mundo nuevo donde el dinero se extiende por las pantallas digitales. He aquí el paisaje que gozaba Emilio Botín y toda su gente de la ciudad del dinero – seis mil ochocientos empleados -, diseño de Kevin Roche; y una muy rica pinacoteca – no falta obra de nuestro Zurbarán – en las paredes del despacho del jefe fallecido, q.D.g.

 

Pobres, pero bellos, estos olivos nuestros, que abren su capa grisácea en la hopalanda de la Sierra de Gata, donde te sientes / nos sentimos un tanto evangélicos. Aquel Monte de los Olivos, estampa sepia de mi infancia en el libro de Religión y canciones de ocaso con los vareadores y las mujeres, al regreso de la tarea, último canto de la tarde, coplas, versos y dichos, cuando digo: ”Olivo /olivo / en tu canto / y en el de las chicharras / va mi alegría contigo”.


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