EL ROSTRO VERDE DE POSGUERRA

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Desde la apenada orilla de posguerra, en el “año del hambre”,  vería,  ante mi asombro infantil, en algunos hombres, rostros de color verde, ante la carencia de alimentos y  sus pómulos  descarnados y  verdes, como un dibujo abstracto. En una de sus visitas médicas, mi padre se quedaría inmóvil al ver la cara carcomida de un hombre por el hambre y lo llevaría a casa para que comiera hasta saciarse. Mi padre intentaría salvarlo, pero no pudo. La reseca piel de toro – ¡oh, España – había dejado por las llanuras y los montes, una escalofriante estampa de cadáveres, digna de un aguafuerte de Goya. En la inanidad macabra de la batalla – tres años como tres siglos -, la contienda dibujaría un solanesco paisaje de seres desvalidos, aguafuerte goyesco tras la desoladora cifra de un millón de muertos.

 

Pero como el tiempo cura las heridas, la sombra de la muerte se perdería tras tres años como tres siglos y, otro tanto, ocurriría con la posguerra. Pasarían las épocas, quedaría desdibujada la posguerra y, el color sepia, se iría perdiendo, lentamente, como lentamente se irían despoblando pueblos y aldeas en una ceremonia de  evasión y supervivencia. Los extremeños, por ejemplo, dejarían sus aldeas camino del verde paisaje asturiano o buscando el ruido de las fábricas o el humo de sus chimeneas; y alzarían allí sus moradas andaluces y extremeños… Otros optarían por ver una estampa de  Sardana o, en un esfuerzo más allá de los Pirineos, se “cobijarían” en Suiza o en Alemania… Cuantos no se quedarían sin raíces y verían sus pueblos a través del sueño y el prisma de la nostalgia. Así, lentamente, goteo a goteo, la emigración se llevaría nostalgias y, quizás sueños y, hasta quien sabe, si no pensarían con un dorado lejano de esa “patria de la infancia”, que dirá Rilke.

 

Vendrían los tiempos del desarrollo, los planes de López Rodó, la estabilización, diría adiós a la vida, como un Tosca de Puccini, el general Franco tras apagarse  la luz, ya débil, del Pardo, cuarenta años como siglos. Celebraríamos con cánticos y manifestaciones, con algarabía, la musa del espíritu: la democracia, y cantaríamos a la “libertad sin ira, libertad”, como si las nubes nos hubieran abierto un cielo azul y las gaviotas volaran entre nubes de aire puro. ¡Oh, la democracia!. Nacerían entre cánticos y símbolos los partidos, dejaríamos nuestros sueños en las urnas, abiertas a tantas ilusiones, tras caravanas, canciones y banderas, desde teatros hasta las plazas de toros – las dos Españas, la de sol y la de sombra -. La democracia sería nuestra niña, la niña de nuestros ojos, la que acariciábamos, con palabras de aliento, entre cánticos  y banderas. ¡Libertad sin ira, libertad! ¡Oh, la libertad!.

 

Llegarían, pues, días de vino y rosas, de España andando como Dios manda por el mundo. Europa sería ya nuestra patria. Tanto la habíamos añorado…, y seríamos, al fin, europeos. Pero la piel de toro, ya más vieja, empezaría a oler. “Algo podrido huele en Dinamarca”. Hasta que, sobresaltados, despertamos de un sueño – que no sabemos cuánto ha durado – y veríamos cómo esa ilusa torre de papel se caería, frágilmente; ya no éramos felices, ni soñábamos, y hasta buscaríamos no sé qué en las basureras de la noche. Quizás vivir se había convertido de un sueño en una pesadilla, como si nuestros rostros, tras un larguísimo paréntesis, estuvieran descarnados y la piel fuese verde, como la de ese hombre, al que mi padre no pudo, muy a su pesar, salvarle la vida.


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