BIENAVENTURADAS

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 Nada tiene de extraño que cualquiera que se pierda la tarde menos pensada entre  los batolitos graníticos y las corpulentas encinas del antiguo alfoz de Granadilla, escuche, como montesina voz salida de la floresta, las notas del viejo romance: “Ricas bodas se celebran,/las galas son en París,/siete condes las danzaban,/las guía doña Beatriz./Bien la miraba el buen conde,/aquel conde don Martín./-¿Qué es lo que miráis, buen conde,/que ojos no quitáis de aquí?/¿Acaso miráis las danzas,/o me miráis vos a mí?/-Yo las danzas no las miro,/porque muchas danzas vi,/yo miro vuestra hermosura,/que me hace penar a mí (…)”. 

 

     Muchos romances recogió mi íntimo colega en ese oasis etnomusicológico  que es la comarca de Las Hurdes.  Pero el que canturrea con más pasión y frecuencia por tesos y por valles es ese de las galas en París.  A veces, cambia el disco y sus cuerdas vocales vibran ante otro que aún conservan los judíos sefardíes y cuya protagonista es una bella musulmana llamada Samira.  Siempre tuvo debilidad (y el asunto viene de antiguo) mi heterodoxo camarada por los nombres de Beatriz y de Samira.  Me refiere que el nombre de Beatriz, en cristiano, significa “bienaventurada”.  Pero  ello no quiere decir que todas las que ostentan tal nombre sean bienaventuradas.  No lo fue, al parecer, la del romance ni aquella Beatriz de la Cueva, de la que los amarillentos legajos dicen que era “en extremo hermosa, de exquisito trato aunque no exenta de gran genio y carácter, apasionada e inteligente”.  Matrimonió con el extremeño Pedro de Alvarado, Gobernador, Capitán General y Adelantado de Guatemala, que, en aquellos años del siglo XVI, ocupaba casi toda América Central.  Nuestro paisano era pelirrojo y de ojos azules.  Por ello, los aztecas lo llamaban “Tonatiuh”, que era el nombre que le daban al dios del sol.  Pero, además, era arrogante, gallardo, valiente, codicioso y mujeriego.  No obstante, Beatriz lo idolatraba.  Cuando murió el Adelantado aplastado por un caballo en un mal encuentro que tuvo con los indios caxcanes y zacatecas, su esposa mandó pintar todas las estancias de negro, hasta las caballerizas, y se pasaba todo el día llorando y chillando, sin probar un bocado.

 

     A los escasos meses de la tragedia, siendo el 9 de diciembre de 1541, el Cabildo de Guatemala nombró como gobernadora a Beatriz, y ésta, como venía acostumbrando, firmó y rubricó su nombramiento con su frase cuasi lapidaria: “la sin ventura doña Beatriz”. Ciertamente, fue una desventurada, que, al día siguiente, entró en erupción el volcán Hunahpú y dejó la tierra sembrada de miles de cadáveres.  Beatriz pereció bajo un río de lodo ardiente.  Solo un día le duró su cargo de gobernadora.

 

     La que no sabemos si camina plácidamente por los tortuosos senderos de la vida, acorde con el origen de su nombre, es aquella otra paisana nuestra Beatriz Maesso Corral, a la que el PP le dio en su día el espaldarazo  como directora general de la Corporación Extremeña de Medios Audiovisuales (CEXMA).  Ya ha tenido algunos encontronazos con la izquierda  militante, que la llegó a acusar de “profesional de la caverna mediática madrileña”.  Y, ahora, cuando José Antonio Monago, el de los aeroplanos con destino a Tenerife, se prestó para lucir su egolatría en el parlamento regional, aprovechando que San José el carpintero pasaba con su rama florecida por Mérida, de inmediato Beatriz Maesso se puso manos a la obra. Dio órdenes a sus cámaras, y la televisión autonómica, que las malas lenguas la denominan como “Telemonago”, cubrió íntegramente la intervención de su jefe de filas, desconectando cuando le tocó intervenir a la oposición.  Los espacios que le correspondían a ésta los llenó la telenovela “Alma Indomable”. Habló Monago y, fanfarrón donde los haya, dijo para el que le quisiera oír que había cumplido el 81,7% de su programa, el 70% del PSOE y el 47% de IU.  ¡Más chulo que “Tacones” el de Cambroncino!  Y la oposición sin chupar cámara. ¡Como para que la izquierda sonrosada, la roja izquierda y los regionalistas no se pillaran el correspondiente rebote!

 

     Beatriz Maesso arrima el ascua a su sardina, todas las ascuas de la lumbre, pero, posiblemente, no la callen, aunque solo suelte verborrea y eche cien mil balones fuera.  Mi gran amigo de bucólicas y románticas correrías me relata que las que cargan con el nombre de Beatriz a cuestas suelen tener un fuerte carácter y no hay caballero andante que las doblegue así como así.  Luego, en el fondo, pese a enseñar sus uñas de gato, suelen tener un corazón que no les cabe en el pecho y buscan el abrazo y la reconciliación.  Pone el dedo en la llaga el colega y comenta que donde tenía que haber estado la licenciada en Imagen y Sonido, que aún se conserva guapa y con buen tipo pese a que pronto alcanzará los 50, es vertebrando con un gran despliegue de medios un reportaje sobre el anfiteatro romano de Mérida, el que levantaran a finales del siglo I antes de Cristo y se convirtiera en un montón de ruinas en el siglo IV de nuestra era.  Sabido es que, una vez excavado a principios del siglo XX, fue declarado, en 1912, Bien de Interés Cultural.  En 1933, la UNESCO lo consideró como Patrimonio de la Humanidad.

 

     Nuestra directora general, con esas dotes persuasivas que caracterizan también a las que se llaman Beatriz, seguro que habría hecho cómplice del reportaje a doña Trinidad Nogales Basarrate, consejera de Educación y Cultura y, además, doctora en Arqueología por la Universidad de Salamanca.  Y tal complicidad hubiese evitado esa sarcástica “monaguería” de transformar el anfiteatro en una pista de pádel, siguiendo las directrices  de los organizadores de la “World Padel Tour”.  Solamente faltaba en la trama el “Bigotín de las Azores”, tan dado a sacar músculo en ese deporte de nuevo cuño.  Al menos las casi 200.000 firmas recogidas para evitar que la anticultura de la derecha hollara, cual caballo de Atila, el legado histórico-arqueológico de nuestros antepasados han servido para algo.  Se suspendió el evento, pero las cuadradas cabezas del invento no se han corrido de vergüenza.  Ellos, esos “pepeístas” belloteros a los que se les da de buten vender humo y cuadrar para sus intereses las cifras a martillazos, tienen más conchas que un galápago y un morro que se lo pisan.

 

     Otras con tal nombre y con unos ovarios bien puestos se mueven por las trincheras de la izquierda. Ahí está Beatriz Talegón, socialista de las de puño en alto e Internacional saliendo a chorros proletarios por sus bien conformados labios, capaz de cantar las tres verdades del barquero a los dirigentes aburguesados de su partido, vendidos a las multinacionales, traidores a su ideología y contemporizadores con la monarquía, ciertas carcundas jerarquías eclesiales y otros poderes fácticos.

 

     Bienaventuradas sean todas aquellas a quienes les colocaron el nombre de Beatriz en la pila del bautismo.  Incluso aquellas que siendo creyentes (como suelen ser la gran mayoría de la gente de derechas) y auténticas pelotas con sus jefes de centuria, porque irán al cielo de rebote.  E igualmente las que no puedan rebotar pero les gusta empinar el codo, porque ellas verán doble a Dios y a sus jerarquías celestiales.  Pero yo me quedo con aquellas que hacen suya la frase de Alexánder Pope, reconocido poeta inglés del siglo XVII: “Bienaventurados los que nada esperan, porque nunca sufrirán desengaño”.  Y más aún con las que comparten  lo que vertía a los cuatro vientos aquel militante del anarquismo filosófico, escritor, poeta y cantautor Facundo Cabral: “Bienaventurado el que sabe que compartir un dolor es dividirlo y compartir una alegría es multiplicarla”. Bienaventuradas, pues, todas aquellas cuyos hombros se vuelven almohadas de nuestras descalabradas cabezas y sus gestos reidores nos inundan de alegrías mañaneras, porque a ellas les sonreirán eternamente las floridas primaveras.


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