![EL VOLCAN IBERICO DE VERONICAS Y NATURALES [Img #44335]](upload/img/periodico/img_44335.jpg)
Que magia y sentimientos se revelan en ese circular de olés, verónicas y naturales y la suerte suprema, envueltos el aroma de los puros, la belleza del abanico, la soledad de animal y el frente a frente, solos, en ese juego de poder entre el asta de la muerte y el arte del hombre, oles como quien canta una copla, magia y muerte en el epicentro del albero.
Todo un libro he dedicado a bucear en ese misterio del hombre y la bestia: sus mitos, sus ritos y sus símbolos, fruto de mucho ver y hablar con los toreros, de ir con ellos, de compartir el rito de vestirse – un día de las fiestas de San Isidro con “El Viti”, su mozo de espadas, Miguel y yo, en la soledad del hotel -. Al bajar, le esperaba su mujer; y con Carmela Dominguín, ansiosa, a la espera de la llamada del teléfono para saber algo de su Antonio Ordóñez.
Lo de Doña Angustias, creo que ya lo he contado. Esperaba la llamada de su Manuel y según sonaba el teléfono sabía qué había ocurrido. Me pregunto cómo sonaría la tarde trágica de Linares.
Cuántos mitos, ritos y símbolos comparten el tiempo de la corrida: desde la “mariposa” de Lalanda o la proximidad a la muerte hasta ser héroe como Belmonte en una hora, o “símbolo de la hombría heroica en una hora”, según Tierno Galván. Ya “Antoñete” veía a los toreros como a dioses. Olía insoportablemente a muerto “Josetito” en Talavera bajo un sol que, simbólicamente, es, para muchos pueblos, una manifestación de la divinidad. Hasta Jaime Ostos vería en torear “una fusión erótica, artística y sentimental”.
Cuánta magia hay tras el poema lorquiano de las “cinco de la tarde, las cinco en todos los relojes”, emoción, soledad y la gloria de los hombres de oro y plata, mágicos como emperadores de hacer arte con la bravura y salir, como únicamente salen los héroes, a hombros, tras convertir el ruedo en un círculo mágico. Con razón, decía Nicanor Villalta, “una corrida no es comparable a nada”. Cuanto os podría contar, humildemente, de lo que se oculta tras ese volcán de olés y verónicas.
Qué lástima que mi libro: ”El toreo, una visión inédita”, editado por Alianza, ya no se encuentre y se haya convertido – dicho con humildad – en un libro de culto. Enamorado de la hiedra cuadrangular de los carteles, mi amigo, Julián Manzano, buen taurino, estaría muy gozoso de leerlo, ahora que San Isidro deja sus bueyes y abre la piel de toro – España – con el clarín ardiente de la tarde y los olés de verónicas y naturales.






