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EN RODAJAS FINAS, POR FAVOR

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De mi padre aprendí a comer los alimentos en pequeños bocados, lo cual no significaba no tener que acabar con lo que hubiera en el plato, pero siempre en pequeñas porciones de cada vez, poco a poco, con una cierta moderación.

 

Yo era una niña inapetente, nunca tenía hambre, de todo me cansaba. Solo podrán entenderme los que hayan pasado por lo mismo. Me aburría, literalmente, comer. Me llamaban la atención los huevos fritos -que mi abuela denominaba «estrellados»- y aún así mi estómago recibía una mínima parte de ellos. No había yogures, entonces, y por eso los niños tomábamos leche a mansalva bebida con una yema diluida en ella sin que lo supiéramos, y ricino, una cucharadita diaria de aceite de ricino porque la voz popular y los médicos lo aconsejaban para «abrir» el apetito.

 

Cuando vi por primera vez la película «El amor tiene dos caras» protagonizada por Barbra Streisand y Jeff Bridges, recordé aquellos tiempos. La primera, iniciando casi una ceremonia ritual frente al plato de comida, cortando en trozos pequeños cuánto contiene, para luego reunirlos con el tenedor y llevarlos a la boca. El segundo, matemático de profesión contemplando absorto la marea de clasificaciones, particiones, combinaciones… hechas al azar por Barbra. Receptivo a lo que ve: puros entes matemáticos de la pizarra hechos vida. Esa vida que, a veces, puede complicarse. Como le dijo Ana Lucia (tres años y medio) a su madre aquella vez en la que el triciclo tropezó con la rueda delantera en el marco de una puerta y ella no lograba enderezarlo: «Mami, se me ha atorado la bici, como a veces la vida se atora».

 

Pero a lo que iba, que me desvío. Para que yo comiera, mi padre me repartía la ración en trozos pequeños: las rodajas finas de chorizo, de salchichón o de queso…las cucharas medianas, tirando a chicas, el dulce reducido, haciéndome creer que tomarlo así era fácil, sin esfuerzo, que me gustaría. Por eso yo, acaso por deformación culinaria, odio las exageraciones, los trozos grandes tomados de una sola vez, primero en los alimentos, pero también como forma de vida, y reconozco que paladeo mejor en porciones pequeñas, aunque repita…

 

Y como somos producto de nuestros genes y de nuestras circunstancias, quien sabe si mi manera de enfocar los hechos o de desenvolverme, en lo cotidiano y en lo trascendente, no habrá sido consecuencia de este aprendizaje. Aunque a alguno le haya podido parecer lo contrario, lo cierto es que interiormente he sido muy parca en mis apetitos porque al igual que aquel emperador llevaba detrás un esclavo para que le recordara que era un hombre, a mi me ha acompañado (para bien o mal) una vocecita interior predicando siempre que las pequeñas dosis se digieren mejor y se añoran menos cuando no se tienen.

 

Y de ahí las estrategias de mostrar en píldoras chiquitas el conocimiento. Para que se acepten. No hay frivolidad en el esquema, por el contrario se busca en él la mezcla de sabores: la anécdota, lo grave, lo frívolo, lo importante…todo entremezclado porque del conjunto en equilibrio surge la cultura, el acercamiento a otros, la actualidad.

 

Ningún comunicador logrará su objetivo si no es un hombre o mujer de su tiempo, el periodista lo es, así como el escritor, el político o el maestro. Y no hablo solo de los que cobran un salario por ello, sino de cualquiera que desee ser entendido en este mundo de «ruidos», donde los medios y las empresas que los sustentan dirigen como nunca la opinión pública: hablamos de lo que ellos quieren, leemos los libros que nos recomiendan y hasta sufrimos (o no) por aquello que ellos consideran. Como nunca estamos siendo aleccionados. Como nunca.


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