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  LXXXV ANIVERSARIO

OPINIÓN
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  Emilia Martín Miguel solo tenía veinte años cuando por sus muslos resbalaba su hijo Máximo Puertas Martín.  Su marido, José Puertas Plaza, natural del pueblo de Palomero, acababa de cumplir los veintiuno.  Todo un casorio por el sindicato de las prisas.  Máximo vino a este perro mundo cuando España iniciaba la Guerra del Rif contra los bereberes o rifeños, aunque estos indígenas marroquíes, de cultura preislámica, prefieren ser llamados “imazighen”, que es lo mismo que “hombres libres”.  Era el 9 de septiembre de 1910, a eso del mediodía, cuando su madre sintió los primeros espasmos del parto.  Se conmemoraba a San Gorgonio y San Rufiniano.

 

     Guerra del Rif o de Marruecos, jamás vista con buenos ojos por los españolitos de a pie. El 27 de julio de 1909 había tenido lugar el desastre del “Barranco del Lobo”, donde un centenar largo de soldados españoles, con el general Guillermo Pintos Ledesma a la cabeza, fueron emboscados y cayeron bajo las balas rifeñas.  Las señoritas de la buena sociedad y de mejor cuna, envueltas en la bandera rojigualda, cantaban aquello de “En el Barranco del Lobo/hay una fuente que mana/sangre de los españoles/que murieron por la patria”.  Pero por quien de verdad morían era por los usureros e imperialistas intereses de las compañías mineras, arropados por el gobierno del rey borbón, vividor y mujeriego,  Alfonso XIII, apodado “El Africano”.  Máximo Puertas fue creciendo mientras las familias de los pobres se desangraban enviando a sus hijos al matadero africano (“Melilla ya no es Melilla,/Melilla es un matadero,/donde van los pobres quintos/a morir como corderos”).  Los hijos de los ricachones se libraban pagando un puñado de pesetas.

 

     Más que hartos de siglos de depravados Borbones, de sempiternos caciques, de espadones y de una Iglesia que en su mayor parte era acérrima aliada del poder constituido, los españoles dieron la victoria a las candidaturas republicanas en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931.  Máximo Puertas, que había heredado el sobrenombre de Barrón de su padre, iba camino de los veintiún años.  Pronto le tocaría vestir el caqui.  Un frío día invernal, en el ejido comunal, al resguardo de la ventisca en un portal de las destartaladas casas de los maestros (jamás fueron habitadas), me recordaba la proclamación de la II República en el lugar: “Lah eleciónih habían síu un domingu y al mártih siguienti moh llegó la noticia de que s,había proclamau la República.  Anque era un día de trabaju, la genti medianilla y baja, que éramuh cuasi tóh loh del pueblu, que aquí no había terrateniéntih, dio en acudil a la plaza dispué de comel y se jidu fiéhta, cumu si juera un domingu.  Jáhta juerun a llamal a Ti Marcelu “Moraguín” que era el tamborileru, y nusótruh, que aquel añu yo era quintu, jidímuh un baili de aúpa.  ¡Y venga vinu, y venga a valsal y vengan vívah a la República!  La genti ehtaba loca de alegría, anque había algúnuh que s,ehtomagaban con aquellu, loh que máh tiraban pa la derecha.”

 

     Muy cierto que aquella Segunda República fue recibida por el pueblo llano (la excepción confirma la regla) con una euforia inusitada.  Parecía que todos los males se iban a arrancar de cuajo con su venida.  Las clases bajas depositaron toda su confianza en ella.  Esa pose de quijotescos caballeros, a lomos de sus jumentos, que muestran los yunteros extremeños al ser inmortalizados por el fotógrafo polaco David Seymour el 25 de marzo de 1936, cuando se dirigían a invadir las fincas de los terratenientes, es muy significativa.  Vestidos con sus humildes ropas campesinas, pero con los ojos cargados de fiebre revolucionaria y con el puño levantado, creían a pie juntillas que, por fin, sería redimida su ancestral hambre de tierras.  Sin embargo, cuatro meses después vino la hidra de las siete cabezas y aquel justiciero experimento republicano fue destripado y anegado en sangre.  Nuestro paisano, el nieto paterno de Tío Luciano Puertas y de Tía Primitiva Plaza, ambos de Palomero, ya conducía una camioneta cuando la hidra vomitó babas de sangre sobre estos pueblos.  A él le obligaron a ponerse una camisa azul y, bajo pena de ir a parar a un barranco con cuatro tiros en la espalda, debió acarrear en su camioneta a los infelices rojos: “Me pusun a la fuerza una camisa de loh falángíhtah, que, al decil verdá, lo que se dici falangíhtah  falangíhtah, pa,quí yo cuasi no conocía a ningunu; si acasu a un pal de élluh, pero éhtuh eran máh rójuh que loh rójuh.  Lo que pasó es que en cuántih que ehtalló el Movimientu, salierun a docénah d,élluh debaju de lah piédrah y eran tóh loh de deréchah, de la CEDA de Gil Robli y ésuh que cóñuh iban a sel falangíhtah ni ná; ésuh solu eran únuh sinvergüénzah y únuh canállah”.

 

     Obligado te veas, por la cuenta que te tiene.  Y así le sucedió a Máximo Puertas Martín: “Me venían a buhcal Juliu el del Ahigal, al que le dicían “El Chiripa”, y ótruh cumu él, creminálih asesínuh.  Íbamuh a tal sitiu, ántih de sel de día, cargaban la camioneta y, aluegu, al llegal andi élluh tenían dihpuéhtu, paraba y El Chiripa me dicía: “Tú, Máximu, deja encendíuh loh fáruh de la camioneta y ahpérate aquí, que nusótruh ámuh a jadel la matanza, que loh lichónih ya han comíu bahtántih bellótah”.  Abortaron la República a base de tiros en la nuca y nos sumieron en una larga noche que duró cuarenta años.  Después, nos impusieron una monarquía y unos más que otros (la sombra del franco-fascismo sigue siendo alargada) procuraron someter a la República a políticas de tierra quemada.

 

     El pasado día 14 de abril celebramos el LXXXV aniversario de la proclamación de la II República. Escasísimos han sido los medios que se han hecho eco de ello.  No hay que recordar sus grandes logros educativos y sociales.  Ahora tocar blindar la monarquía y no sacar sus trapos sucios a la calle.  Y si a la infanta Pilar de Borbón, hermana del “rey emérito” y tía de Felipe VI, se le han descubierto recientemente sucios negocios en Panamá, hay que apechar con ello por parte de la Casa Real, al igual que los corruptos trapicheos de Cristina de Borbón, imputada en el caso “Nóos”.  Por cierto, ¿hasta cuándo un hospital de Badajoz llevará el nombre de “Infanta Cristina”?  Pues hasta que las ranas críen pelos, ya que si todavía en la villa de Cáceres hay una avenida dedicada al dictador Miguel Primo de Rivera, ¿para qué cambiar el rótulo del hospital de Badajoz? ¡Y mira que ya han pasado alcaldes del PSOE por ambas poblaciones extremeñas!  ¿No fue siempre el PSOE rojo, republicano y de izquierdas…?

 

     A no ser los que, en la teoría y en la praxis son rojos de verdad y son fieles a la memoria histórica, a nadie más le interesa recordar los logros de la República.  No quieren recordarla los que destiñeron su camisa rosa de tanto ponerla cara al sol, cuanto más aquellos de comunión diaria que condecoran vergonzosamente a periodistas de su misma cuerda, que se hacen verdaderos galimatías con sus excrementicios negocios panameños, que hacen juegos malabares para escabullir sus impuestos y defraudar a Hacienda, que en la Granada de García Lorca aprovechan supuestamente la alcaldía para tejer oscuros cambalaches, que llevan más mierda encima que el palo de un gallinero o que no dimiten de inmediato cuando prometieron solemnemente que se irían a su casa si uno solo de sus ministros era cogido en renuncio.

 

     Todos esos impresentables, que han logrado carcomer y transformar la democracia en una sarnosa partitocracia, se han convertido en inestimables muletas de la inviolable figura real y de toda su “beautiful people”.  ¿Acaso no se dan cuenta que tanto el Rey como la Reina, aquel otro “rey emérito” (cuya fortuna calculada en muchos fajos permanece en la oscuridad más absoluta), Cristina e Iñaki, la tía Pilar y otros que tal bailan forman parte de toda una saga que de continuo mostró una total falta de respeto a la ciudadanía y pasó por la Historia de escándalo en escándalo? ¿Tal vez no son conscientes, parafraseando a Joaquín Sabina,  que “la monarquía es un déficit democrático que sufrimos por herencia”? ¡Qué se van a dar cuenta!  Todos duermen en el mismo colchón y se han vuelto de la misma opinión.  ¡Vivan las “caénas”, las herencias del franquismo, las candilejas, los boatos, las bambalinas, los cardenales de largos y púrpuras mantos, los banqueros de estómagos prominentes, los chaqués y las chisteras y hasta el ángel Marcelo, la Virgen del Rocío y el brazo incorrupto de Santa Teresa!

 

     Conmemoramos el pasado 14 de abril el LXXXV aniversario de la II República.  Sabemos que tendrá que llegar la Tercera, porque una Democracia Real, que se precie de ello, no puede permitirse la anacronía de mantener en su seno una institución completamente antidemocrática, lastrada, además, por la Historia.  Esta segunda Restauración que atravesamos, toda ella atiborrada de conversos, contemporizadores y gente que se abre camino a codazos para ser ungida por quienes son quienes son (a mayor gloria de Dios y del Imperio), se asienta en un régimen con las manos manchadas de sangre.  ¡Y ya está bien de sangre! Sangre derramada a raudales y sangre azul en las venas de algunos.  Nos da arcadas la sangre aristocrática, que bien dijo Tòmas Jefferson, el que fuera presidente de los EEUU de Norteamérica, que “ninguna raza de reyes ha presentado un hombre de sentido común en veinte generaciones”.  Nosotros, la sangre la queremos ver solamente en las morcillas “de quicu” y en las sopas de “freji”, como dicen por estas tierras de garbanzos.

 

     Máximo Puertas, o Ti Máximo “Barrón”, como le conocían en el pueblo, vio pasar una pocha monarquía, una república que fue guillotinada por quienes no inventaron la guillotina pero si el odio sectario, una dictadura de duras entrañas mantenida a flote por aquella paz de los cementerios y algunos años de la amañada Transición en la que la izquierda tragó carros y carretas.  Un funesto tumor le horadó los pulmones y le apuntilló para no volver jamás a levantar cabeza. Andaba por el pueblo de Carcaboso cuando se nos fue para siempre el nieto materno de Ti Fabián Martín Calvo y de Ti Adelaida Miguel Montero en la efeméride de San Paciano y San Cirión.  Curiosamente, era un nueve de marzo, fecha en que se celebra el “Día Internacional de los Desaparecidos sin Causa Aparente”.  Bien que sabía él de muchos que desaparecieron bajo la tierra de cunetas y barrancos sin tener motivos para ello. Pero se percató por desgracia que  la sangre de Caín seguirá pidiendo sangre cuando la hidra despierte y se retuerza en su lecho.  Hagamos votos para que no se desperece y bostece y nos devore con sus apestosas mandíbulas a todos los que pensamos en clave republicana.  La Ley de la “Patada en la puerta” del pesoísta José Luis Corcuera no pudo con nosotros, ni podrá la “Ley Mordaza” impuesta por la derecha.  Pero que la hidra siga dormida y no se despierte en toda una larga eternidad.


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